El adivino disfrazado

En la Antigüedad, la adivinación era una profesión de mucho riesgo, casi una fatalidad. Y el que trabajaba en ella solo tenía dos opciones: o era el líder espiritual de un grupo, o acababa muerto por la pedrada de algún seguidor poco convencido de sus augurios.

Así de simple. Parecía entonces una apuesta a vida o muerte. Pero el mundo moderno no se amilanó y se propuso salir de aquella espiral de fe y violencia, dejando de lado a los visionarios y futurólogos, para concentrarse en las nuevas generaciones de científicos, para quienes la realidad y la predicción debían ser siempre hechos verificables.

El método empírico establecía unos mecanismos de control con los que se trataba de comprobar todo desde una mayor objetividad. Sin embargo, aquel profeta del pasado supo ir adaptándose a la nueva era, cambiando su comportamiento en una ocupación más moderna y seria. Un trabajo enmascarado que ha logrado pasar desapercibido, tal vez por el nombre respetable que utiliza. Antes era profeta, adivino o vidente; ahora se llama “experto”.

El mismo trabajo, distinto disfraz. Son expertos los que predijeron las necesidades de medicamentos para la gripe A que ahora se pudren en los almacenes de los hospitales; son expertos los que dijeron que nuestra economía sería una de las más sólidas de Europa; son expertos los que animaban a que nos hipotecáramos porque así evolucionaría el país; son expertos los que nos repetía una y otra vez que la economía libre se equilibraba por sí misma. Son siempre expertos, simples expertos, expertos en llevarnos al desastre.

 

 

Octavio Pineda

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.