‘Drive’, un parpadeo de cien minutos

DriveAl parecer, esta película está a punto de convertirse en una de esas cintas de culto solo para entendidos pero, salvando la fábula sobre la que se sustenta la historia, no deja de ser una película sobre un corazón solitario en pleno proceso de redención, ni tan trascendental ni tan innovador.

Un envoltorio aceptable para una historia vacía. Drive es un caramelo de regusto agradable pero que tras la trepidante secuencia inicial se te queda pegado a las muelas y durante un buen rato intentas arrancártelo con la lengua. Es lenta, previsible y metafórica hasta el aburrimiento, en ese límite en el que ‘lo artístico’ corre el riesgo de convertirse en pedantería.

Los críticos no han escatimado en elogios a la hora de referirse a esta película como uno de los mejores thrillers del año, una de esas afirmaciones categóricas que únicamente se sustentan en una realidad totalmente subjetiva: para gustos, colores.

Drive no me parece la gran película que nos han querido vender en el tráiler como cine de acción y durante la proyección como película pseudoanalítica del héroe solitario y sus circunstancias. Si la mueca inexpresiva de Ryan GoslingCrazy, stupid, love– es lo mejor que ha dado el cine en 2011, es que el  cine está francamente mal. Y no creo que sea éste el caso.

Al director de la cinta, Nicolas Winding Refn –trilogía Pusher-, podemos agradecerle la habilidad para mantener la tensión de una trama que no tiene nada de reveladora. No al menos en el sentido místico que pretende darle a una historia que, particularmente, ni me crea verdadera expectación ni me termino de creer dentro de la propia ficción cinematográfica. Sabes que al protagonista le gusta conducir porque lo verbaliza en off al comienzo de la película pero, salvo las palabras, no hay nada más que te lleve a comprender esa pasión. Esta manera intencionada de presentar al héroe, desprovisto de sentimientos y objetivos, provoca más crispación que interés por lo que le pueda suceder. Para cuando Gosling se decide a purificar su espíritu solitario en un inexplicable arrebato altruista, los sentimientos –si es que los hubo- han quedado tan exageradamente contenidos que no hay justificación para el ataque de bondad del cowboy solitario –que cambia sus botas por una chaqueta hortera-, no porque te hayas creído que no tiene alma, sino porque verdaderamente te has dado cuenta de que carece por completo de ella.

A esta falta de coherencia en la historia hay que sumarle los momentos en los que el director se pone ‘estupendo’ con planos interminables y unas cuantas secuencias que parecen insertos de otra película que no es la misma que habías empezado a ver. Las persecuciones no están mal: no son las huidas de manual de las películas de acción y a pesar de su sencillez –o precisamente por ello- te mantienen pegado a la trama. Pero se trata de un problema de fondo, no de formas: Drive utiliza una narrativa visual muy pulida para contar una historia inexistente y, por tanto, difícilmente justificable. El espectador se queda sin herramientas para encajar lo que le quieren contar porque el trasfondo de Drive es tan cambiante que se vuelve insostenible: si nos ponemos del lado psicológico, no podemos entender la violencia desmedida de algunas de sus secuencias. Si nos metemos dentro de esa violencia, no encontramos justificación al plano más analítico de la historia. Y si nos excedemos en lo analítico, las pasiones se quedan sin oxígeno que respirar.

En definitiva, las piezas que componen la película no parecen compatibles entre sí y en el minuto 100, después de haber rumiado todos estos ingredientes intentando crear una masa homogénea, lo único que has hecho ha sido insistir en meter una estrella en el agujero del rombo. Porque para construir una metáfora hay que disponer de una realidad y en Drive solo hay humo.

 

 

Celina Ranz Santana

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