Dime de qué presumes…

Carlos Castañosa

…Para conocerte mejor. Si escucho tus alardes, los pegotes que te tiras, el autobombo, la ostentación de tus virtudes, tus motivos de orgullo, y me fijo en lo que dices, sabré de  tus frustraciones, tus defectos y limitaciones. No falla. Es una regla con forma de refrán  que siempre se cumple con rigor matemático.

Quizá tuviera intuido este sistema de análisis social desde los albores de mi uso de razón, allá por la época escolar, cuando en el colegio ya observaba que el más gallito era el más tímido, que quien sacaba mejores notas andaba calladito, o el más bocazas que se arrugaba ante el maestro.

No era una actitud mía de desconfianza consciente ni premeditada, del mismo modo que quien esconde imperfecciones aparentando lo contrario, seguramente no lo hace con intención de mentir, sino que su subconsciente le induce a “engañar” al entorno, sin mediar su voluntad, en un acto instintivo de autopromoción personal sin valorar que, cuanto más énfasis pone en aparentar virtud, de mayor intensidad será el fallo que intenta ocultar  en su interior.

Esta especie de conocimiento instintivo no me ha servido de mucho. A lo largo de tantos años de experiencia y los sucesivos escarmientos por descubrir realidades en algunos afectos que dicen A y callan B,  me la siguen metiendo doblada. Tiempo ha que llegué al punto de no retorno. Cuando escucho decir: “Yo nunca miento”, “Soy  honrado”, “Jamás podría dedicarme a la política”, “Tengo mucho poder”, “Soy culto, inteligente, leal…”, “Educando en valores…”, “Siempre digo la verdad…”, no lo puedo evitar, me saltan todas las alarmas a pesar de que, a estas alturas, todavía conservo  la ilusión de que se me aparezca algún caso excepcional que contradiga, y al mismo tiempo confirme, esta regla tan cruel y contundente. Indefectiblemente se me sigue cumpliendo el axioma matemático, y ante cualquier situación imprevista por un cable pelado, surge la verdadera personalidad bajo el disfraz dialéctico. Es cuando falla alguno de los parámetros mostrados en el escaparate charlatanero que,  por correlación, desaparece también la fiabilidad sobre los demás  productos que se me quieren vender.

La resignación de comprobar de cerca los inevitables parlamentos con las que se pretende presentar una imagen artificial ante el entorno circundante, me indujo en su día a la reflexión en primera persona. ¿Hago yo igual que todo el mundo? Se requiere un repaso muy atento de mí mismo. A ver, qué fantochadas suelo prodigar. Ya las tengo localizadas, pero no las voy a contar porque me colocaría en desventaja y en estado de indefensión absoluta. Pero voy a utilizarlas para saber con precisión dónde fallo, cuáles son mis deseos incumplidos, cuántas frustraciones acompañan mi conciencia, qué pecados escondo. En efecto, cuando me comunico con alguien mantengo un discurso que luego repaso para controlar, punto por punto, dónde me he esforzado para dar una imagen que no se ajusta a mi realidad íntima. Al reconocerme, consigo saber más de mí y, por lo tanto, crece mi autoestima a base de corregir, o al menos intentarlo, los yerros localizados. Por ejemplo: sospecho que soy algo egoísta. Para tratar de serlo menos, en lugar de guardar estas meditaciones para mí en solitario, prefiero compartirlas en un proceso de comunicación donde cualquier receptor del mensaje acceda a este examen de conciencia y  pueda  también aprovecharlo como terapia

 

 

Carlos Castañosa

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