Detrás del velo

Mujer oriental con veloLa Justicia y la Ley no pueden ser una cuestión de fe. Sería tan ridículo como hacer una lista definitiva sobre el Bien y el Mal, tan arbitraria que únicamente podría aplicarse a la persona que la redactara. Pero si la religión no puede convertirse en una cuestión legal, la legalidad tampoco debe entrometerse en el ámbito de la fe, no si ésta no pone en entredicho la dignidad y las libertades humanas.

La evolución forzada sólo puede ser involución, el retroceso hacia el “esto es así porque sí”. Ni el velo ni el burka serían un verdadero problema en las sociedades occidentales si a alguien no se le hubiera ocurrido la fantástica idea de convertirlo en problema. Un prejuicio más que añadir a la lista de todo aquello que nos hace diferentes y que, al parecer, supone un atentado contra la seguridad de nuestros preceptos morales. Pero qué manía tenemos de entrometernos en todo…

Yo, particularmente, nunca he visto a una mujer con burka en suelo europeo, así que tampoco entiendo de dónde sale esta urgencia de legislar su uso en espacios públicos. Tampoco entiendo por qué hay que imponer esa prohibición en base a la suposición de que las mujeres que lo llevan son sometidas a la supremacía del hombre en la religión islámica y, más en concreto, en su corriente más radical. Mujeres negadas de identidad, de rostro, de ideas, de vida propia… Esto no es legislar sino especular, y la especulación moral es una cuestión de fe encubierta.

“Ya, pero es que en su país nos obligarían a llevarlo, así que aquí, que no lo lleven”. El noventa por ciento de las personas que utilizan este argumento como justificación jamás ha pisado ni pisará un país dominado por el integrismo islámico. En cualquier caso, no es un argumento, sino un prejuicio más. Así nos va: si el vecino no transige, yo tampoco, no vaya a ser que nos ‘invada’ nuevamente. Además, que en su casa haga cada uno lo que le venga en gana -aunque sea algo atroz como llevar burka-, pero bajo mi techo pero bajo mi techo, éstas son las reglas. Nos ofuscamos en pensar que el contacto entre culturas tiene que acabar irremediablemente en ‘contaminación’ y esa postura no hace más que constatar nuestra incapacidad para aceptar que no somos iguales y que eso no supone una amenaza.

Con todo, he de decir que no estoy de acuerdo con el burka. Como símbolo, me parece que relega a un segundo plano la identidad del individuo y no comparto la idea de un rostro cubierto -por imposición o por devoción- porque favorece a convertirnos en una sombra. Como prenda, no es más que un trozo de tela, así que nadie se lleve las manos a la cabeza. En cuanto a las mujeres que respiran detrás de esta controvertida prenda, habrá de todo: las que están ‘obligadas’ por sus esposos a lucirlo, las que lo hacen por una obligación religiosa y lo asumen como algo natural y las que están hasta las narices de tener que rendir cuentas con la fe o con la sociedad. ¿Nos permite eso decidir qué es lo que se debe hacer al respecto?. Entramos aquí en un terreno delicado, pues es difícil legislar en la frontera de los derechos individuales.

No suelo confiar en el ser humano, pero en esta ocasión, he de romper una lanza a su favor. El germen de la evolución está en el seno de cada sociedad y de cada cultura, pero no florece ni a la misma velocidad, ni en las mismas circunstancias ni con las mismas características. Cuando obligo a otros al cambio, resulta que los estoy obligando a ‘mi cambio’, y no hay nada que demuestre objetivamente que es mejor o peor que lo que existía antes. La emancipación de la mujer, el derecho al voto, su inserción en la vida laboral o el reconocimiento de muchas de las libertadas de las que goza en la actualidad, no han sido producto de una imposición de criterios sino de una lucha interna y natural que surge espontáneamente de esa necesidad de cambio.

Vagabundo Pérez

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