Descontroladores y Desgobierno

Controlador aéreoCarlos Castañosa

Y se hicieron el haraquiri… Tenían la razón pero la perdieron con un gesto drástico que destrozó ilusiones, intereses y derechos de la ciudadanía, causando un grave perjuicio económico para sectores turísticos duramente castigados por la crisis. Tan desmedida fue la decisión adoptada colectivamente por los controladores que no puede tratarse de una frivolidad ni un simple capricho de niñatos malcriados.

El asunto tiene una profundidad que merece un análisis bastante menos superficial que lo aireado en encuestas a damnificados o en opiniones sobre los efectos devastadores de un hecho sin precedentes. Es preciso contrastar la información y ahondar en la secuencia de hechos concretos y en la trayectoria de un proceso que, iniciado hace dos años como negociación, se enquistó el pasado mes de febrero, para desembocar en este desastre social, económico, laboral, político, en fin en el vergonzoso cúmulo de despropósitos que ha situado el prestigio de España en la picota de la opinión internacional. ¿Quién votaría a favor de designarnos como sede de un evento mundial?

Ellas y ellos, han actuado con el aparente desespero de quienes están acorralados, rociados de gasolina y alguien desde arriba enciende el Zippo con el que les amenazaba desde que un decreto ley, hace diez meses, los colocó en estado de indefensión, como castigo por unos privilegios que antes les había concedido la misma mano del mechero. El delito de clavarse la katana en el vientre, perjudicó gravemente  al resto de una sociedad súbitamente privada  de un servicio que se le venía prestando bajo presiones y amenazas cada vez más intensas y despiadadas. Si han delinquido, además de la grave herida ventral que se han autoinferido, tendrán que responder ante la Justicia y asumir la sentencia que se les imponga. Quizá se les admita como atenuante el despotismo que venían sufriendo desde la prepotencia que se generó a partir de aquel decretazo con el que se sustituyó la negociación por la comodidad inconstitucional de un gesto político, diseñado para situaciones de urgencia o de emergencia, no para suplir al estatuto de los trabajadores ni para atentar contra sus derechos laborales. Fue un peligroso precedente que, aplaudido por la torpeza e ignorancia de la oposición, creó una nueva arma política que daba patente de corso para resolver de un plumazo cualquier conflicto que, por correlación, podrá utilizarse impunemente contra otro colectivo, de funcionarios o no, que se atreva a plantar cara a quien prioriza su incuestionable autoritarismo y ejercicio del poder al más puro estilo chavista, con propensión a ensañarse con profesiones como la aquí cuestionada, a la que ha vejado sistemáticamente con demoledoras campañas de desprestigio, insultos y medidas inhumanas para castigar sus supuestos privilegios de entonces. Tanto se tensó la cuerda de una gestión ministerial lamentable que, si bien los controladores son culpables de haber sucumbido a la provocación y deben purgar el no consentir más afrentas a su dignidad, la responsabilidad política de la debacle sufrida por tantos ciudadanos damnificados, debe ser aplicada y asumida por quien tenía la obligación de conducir una negociación laboral por unos cauces legales que se han desviado hacia la práctica inconstitucional y antidemocrática de los decretazos abusivos en sustitución de la incapacidad negociadora. La fiabilidad de nuestros dirigentes quedaráJosé Luis Rodríguez Zapatero en entredicho si no se explica por qué Zapatero no fue a Argentina. ¿Acaso estaba prevista como inevitable la reacción de los controladores ante la provocación del decreto del viernes, precisamente, el viernes? ¿Tal vez no da la cara para disimular la premeditación? ¿Puede que todavía necesiten más cortinas de humo para desviar atenciones? ¿Se camuflan   así, durante una  temporada, los 420 €, el pacto de Toledo, la privatización de AENA, los millones de parados y nuestra caótica economía?  Aquí pueden aparecer más culpables y peor intencionados  que los propios controladores.

Dentro de este lamentable entorno de barbaridades hay una que destaca en importancia pero sumida en el más absoluto silencio. La seguridad aérea está siendo ostensiblemente ignorada durante este vergonzoso proceso. La operación de control aéreo requiere equilibrio psíquico, estabilidad emocional y salud controlada, debido a lo específico y delicado de una función que no admite el más leve fallo técnico en nombre de la seguridad. Desde el pasado  febrero, gran parte de este colectivo, por el reconocido acoso laboral, las amenazas y vejaciones sufridas, ha estado trabajando bajo los efectos de ansiolíticos y con importantes problemas de sueño e insuficientes descansos. Todo ello, entre rugidos e insultos. Si como desenlace del conflicto, tienen que trabajar ahora bajo una estricta vigilancia militar que pueda distraer su concentración, el desprecio por el concepto de seguridad es manifiesto y alarmante en grado sumo. Conviene comentar que la máxima responsabilidad de la seguridad de la navegación aérea en tiempo de paz está depositada en el ministro de Fomento: (Ley de Seguridad Aérea, LSA 21/2003 de 7 de julio,  art. 5, párrafo 1, apartado h). ¿Alguien, en algún momento, le ha oído pronunciar a este señor la palabra seguridad?… Quizá no sepa siquiera de qué va.

 

Carlos Castañosa

Ex comandante de Iberia

 

 

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