‘Desahucio’

Hay veces en que la ley va por un lado y la realidad social por otro. Como cuando una Iniciativa Legislativa Popular entra en el Parlamento y tras sufrir “mutilaciones” y “amputaciones” varias sale por la puerta trasera convertida en algo que nada que ver con lo que era.

En esa dicotomía entre lo aparente y lo real en el lenguaje se da una curiosa paradoja con la palabra desahucio que en realidad no es un desahucio sino otra cosa. El término ha cobrado un dramático protagonismo en un contexto en que la destrucción masiva de empleo y del tejido productivo se está manifestando –seguramente– como uno de los efectos colaterales más nocivos de esta crisis. La consecuencia es que muchos ciudadanos (quizás demasiados) se ven ante la imposibilidad de hacer frente a sus deudas con los bancos.

Cuando en el lenguaje de la calle se habla de desahucios se está haciendo referencia al “lanzamiento judicial” en un procedimiento ejecutivo por impago del préstamo garantizado con hipoteca sobre la casa, una vez que el banco (o un tercero en pública subasta) se ha adjudicado la vivienda. Cuando el deudor no puede pagar, los bancos acreedores –sin demasiados escrúpulos– ejecutan la hipoteca y adjudican el inmueble gravado, lo que da lugar al posterior desalojo de los ocupantes de la vivienda. Sin embargo, en puridad legal esto no es un desahucio. Lo que la ley llama “desahucio” es al proceso para resolver un contrato de arrendamiento y desalojar al inquilino de la vivienda alquilada cuando no paga las rentas, que es otra cosa distinta.

Pero hoy todo el mundo lo entiende cuando se habla de desahucios. Es como si el significado –desafiando la autoridad del término– por empatía semántica se hubiera alojado en el lugar natural que parecía reservarle el diccionario.  El verbo desahuciar (de des y ahuciar) en su acepción más terrible quiere decir quitar las esperanzas de obtener lo deseado. Quien ha perdido el trabajo, y después la credibilidad ante sus acreedores, lo único que le queda es un techo bajo el que cobijarse y la esperanza de que las cosas puedan resolverse. Y cuando quien, con ilusión y esfuerzo había realizado el sueño de tener su propia casa, pasa de ser propietario a un mero ocupante, y recibe el requerimiento judicial de desalojo, entonces el sueño empieza convertirse en una pesadilla. Pero cuando no tiene a donde ir y lo echan por la fuerza de su casa con toda la familia,  y aún así, la ley “va y coge por la otra acera” para no tropezarse con la familia desahuciada y los deja solos, en la calle, con sus muebles, sus enseres y lo que queda de sus sueños…Entonces, les quitan también toda esperanza.

Es como si al cuerpo le desahuciaran el alma.

 

 

Luis Rivero Afonso

www.luisrivero.es

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