De fútbol, cine y otras artes

Cartel de Cyrano de Bergerac Fe de erratas: Dije la semana pasada que McDonald’s son unos salones esclavistas de niños del tercer mundo que se han aliado con los productores de Planet 51. Y cometí un error, decir eso fue una barbaridad. Los que se han aliado son Burger King. Dicho lo anterior, pasemos a otra cosa. Vamos a hablar de cine, que para eso estamos.

Yo tenía un brillante profesor de literatura que, curiosamente, hablaba poco de literatura. Era muy corriente que empezara sus clases partiendo del temario oficial pero enseguida, como gran orador que era, comenzaba a hilar un tema con otro de manera que su discurso continuaba por otros derroteros y aunque no recuerdo bien el contenido exacto de ninguna de aquellas charlas porque ha pasado ya un tiempo considerable, creo recordar que hablaba de la vida desde el punto de vista de un espíritu libre, tratando de impregnar a sus pupilos adolescentes de una filosofía vital constructiva y bohemia.

Cuando la clase estaba a punto de concluir parecía percatarse de que se había ido por los cerros de Úbeda y siempre –o al menos yo así lo recuerdo, que es lo importante- finalizaba la clase diciendo “Creo que me he ido un poco del tema pero al fin y al cabo… Todo tiene que ver con la literatura”. Siempre me pareció que aquella frase, aquel modo de entender la vida y la literatura además de ser para mi alma adolescente bastante divertido, evidenciaba una profunda forma de ser, de situarse ante el mundo. Un gran estilo.

Estamos casi todos educados para extraer de la vida su lado práctico, de manera que todo aquello que no tenga un objetivo medible y cuantificable parece no ser digno de confianza.

Siempre me ha resultado curioso que mucha gente aficionada al fútbol y a los toros desprecie determinadas actividades artísticas. Vamos a ser claros: yo no desprecio ni el fútbol ni los toros (tampoco los aprecio) pero digamos que no soy quién para criticar estas actividades. Por otra parte he de decir que estoy refiriéndome a un tipo de aficionado muy concreto, digamos a un modelo, para entendernos. Hay gente culta y bohemia aficionada a ambos que no sólo aprecian el arte, sino que viven de él. Pongamos como ejemplo al escritor Javier Marías en el primero de los casos y a Joaquín Sabina en ambos. Dicho esto, volvamos al modelo anterior, más torrentiano, del tipo amante del fútbol y los toros que desprecia pongamos por caso el oficio del cineasta o del pintor. Me resulta curioso que estos aficionados salten de alegría cuando perciben las habilidades futbolísticas de sus hijos soñando con toda probabilidad con que sus vástagos algún día se conviertan en los nuevos Ronaldos o Raúles. Pero qué sucedería si esas almas cándidas que tienen por hijos no se decantaran por dar patadas a una pelota sino que proclamaran su deseo de convertirse en directores de cine o artistas plásticos. Lo más probable es que observaran esa tendencia como algo dramático y por supuesto, ridículo. Eso no es un oficio serio, pensarán, pensarían, habrían pensado. Tú estudia o búscate un oficio serio y en tu tiempo libre, haz lo que quieras (además de contener la despreciable lágrima masculina porque su hijo no tiene un balón en lugar de un cerebro). Como estamos con un modelo hipotético de persona que quizás yo he soñado y que puede que no exista, sigamos con la teoría… Este tipo de sujeto no es difícil imaginarlo como alguien que en su vida cotidiana perciba los objetivos vitales de modo cuantitativo. Bien, entonces, ¿por qué discuten por los colores de un equipo? ¿Por qué se enemistan por un trofeo deportivo? Por qué llegan a matar por una afición. Es tremendamente paradójico, pueden corregirme si me equivoco, que alguien que se desvive por algo tan intangible como el fútbol no sea capaz de respetar otras aficiones a su vez intangibles pero igualmente pasionales.

A mí me gusta recordar aquella escena de Cyrano de Bergerac cuando Cyrano, tras arrojar una bolsa llena de monedas siendo aquel todo su capital, es acusado por uno de sus amigos de haber hecho algo estúpido. Cyrano dice “Sí, pero qué gesto…” Una demostración en la carne de un personaje memorable de que la vida no debe estar regida por criterios de cantidad, sino de calidad. Por supuesto es un ejemplo hiperbólico, ficcional, fantasioso si quieren pero también un modo metafórico de decir que nuestras acciones y nuestros objetivos no deben ponerse en una balanza.

Creo que no he hablado mucho del tema de esta sección pero al fin y al cabo… Todo tiene que ver con el cine, ¿no?

 

Alberto García

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