De cómo don Carnal desembarcó en estas ínsulas II

Carnaval en la calleAlberto Cartagena

Retomamos el artículo anterior donde lo dejamos: en la segunda década del siglo XIX. ¿Que qué se nos ha perdido por allí? Pues una de las mejores descripciones del tradicional Carnaval canario. El sabio francés Sabino Berthelot en su libro Primera estancia en Tenerife (1820-1830) nos cuenta:

“Desde todos los puntos vienen grupos de jóvenes muchachas que se dirigen al Castillo de San Cristóbal donde el Gobernador celebra una fiesta. Los brillantes atuendos que visten las jóvenes atraen a galantes caballeros (…) Se invitaba a bailar a las jóvenes y todo eran reverencias, conversaciones chispeantes, anhelos amorosos, miradas encendidas (…) La animación reinaba en la ciudad: por todos sitios parrandas y grupos bailando; los tocadores de guitarra canturreaban bajo los balcones y unas notas de piano que llegaban hasta la calle hacían de señuelo para las máscaras. En ese instante desembocaba por la calle del Castillo una alegre comparsa. Jamás había visto nada más extravagante”.

¿”Conversaciones chispeantes”? ¿”Anhelos amorosos”? ¿”Miradas encendidas”? ¡Esto lo viví yo el año pasado! Eso sí, lo hubiera descrito con otras palabras menos elegantes, aunque igual de expresivas…

Algo más tardío es el manuscrito anónimo que se conserva en el Museo Canario de Las Palmas de Gran Canaria. Está fechado en 1853 y así describe la fiesta en esa ciudad:

“Para comprender lo que son los carnavales en las Islas Canarias, preciso es haberlos visto alguna vez y haberse mezclado entre esas graciosas comparsas que con un disfraz cualquiera, o sin ninguno, recorren las calles cantando, bailando o diciendo chistosas ocurrencias; porque en estos días toda pena se olvida, tanto disgusto desaparece, y en todos los semblantes rebosa una alegría franca y cordial que aleja de nosotros cualquier pensamiento triste”.

Emocionante… ¿no? Descripciones similares encontramos en los textos de René Verneau, quien relata la alegría callejera reinante en Lanzarote durante el Carnaval de 1890.

En el siglo XX seguimos encontrando prohibiciones en las ordenanzas municipales. Por ejemplo, en Sta. Cruz de Tenerife, además de la mayoría de las que mencionamos en el post anterior, descubrimos la preocupación por la costumbre de arrojar huevos y polvos de talco a los transeúntes. Como alternativa se ofrecía la posibilidad de lanzar confeti. Pero, eso sí, estaba prohibido usar paquetes que contuviesen confeti de diferentes colores. El carnavalero sólo podía tener un color determinado, el que fuera. Se pretendía evitar “que puedan ser recogidos de un año para otro con perjuicio de la salud pública”.

Por supuesto, además de las prohibiciones encontramos otro pecado que suele ir unido al poder: el afán recaudatorio. En 1916, también en la capital chicharrera, nos topamos con que el Ayuntamiento establece una tarifa para los coches que quieran circular por la ciudad en los días de Carnaval. Seguro que en aquellos tiempos se escuchaba en el Consistorio: “¡15 pesetas, nada menos! ¡Pero a dónde iremos a parar!”. Y nos quejamos nosotros del euro…

 

 

 

Alberto Cartagena

 

 

 

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