De cómo Don Carnal desembarcó en estas ínsulas

Cartel Carnaval 1973Alberto Cartagena

Hacer un repaso histórico de esta fiesta (aunque sea breve) sin que parezca un tostón, es casi misión imposible. Como lo más farragoso viene al principio y quiero que me lean hasta el final, les adelanto un escándalo en plan “Aquí Hay Tomate”… ¡a nuestros tatarabuelos les encantaba travestirse! ¡Ay ay ay ay..!

El Carnaval no lo parimos nosotros, pero lo adoptamos enseguida. Así podría resumirse la vinculación de Canarias y la Fiesta. Los historiadores coinciden en afirmar que Don Carnal comenzó a celebrarse desde la llegada de los primeros europeos. Españoles, portugueses e italianos (amén de otras nacionalidades) trajeron sus tradiciones consigo, y entre ellas, ésta.

La primera referencia escrita la hallamos en 1574. Entre los documentos de la Inquisición se encuentra uno en el que se hace mención a un baile de máscaras y disfraces celebrado en Las Palmas de Gran Canaria con motivo de festejar el matrimonio de Matías Cairasco, cuya familia había vivido en Italia y es de suponer que conocía los Carnavales.

En Tenerife, las primeras menciones a la fiesta se encuentran en La Laguna, La Orotava y Puerto de la Cruz. Éstas son anteriores a la primera noticia sobre el Carnaval santacrucero porque hasta mediados del siglo XVIII la ciudad no era tal, sino un modesto puerto al servicio de La Laguna. Sin embargo, una vez que prendió la llama de las carnestolendas en la creciente urbe, no hubo quien la apagase. La mayoría de las referencias de esta época son para conjugar un verbo que siempre ha estado asociado al Carnaval: prohibir. En 1782 se publicaba lo siguiente en Santa Cruz de Tenerife:

“Que por cuanto se acercan los días de Carnestolendas, y que con indecencia y escándalo se ha observado estos años pasados en iguales días que muchas personas se disfrazan con máscaras y trajes a diferentes a su propio sexo (…) mando: que ninguna persona de cualquier estado o condición que sea use de disfraz, máscara o traje diferente de su propio sexo, de suerte, que pueda causar equívoco en los que miran, so pena de que se les desnudará públicamente en la calle”

Aparte del asombro que causa el hecho de que para combatir la indecencia travesti se recurra al destape en vía pública, la importancia del documento radica en descubrir que los tiempos no han cambiado tanto como parece. ¿Por qué les gustará tanto a los hombres vestirse de mujeres? Me comprometo a dedicarle un artículo a este crucial asunto próximamente (otro cebo “tomatero”).

Otras prohibiciones carnavaleras de la época hacen referencia a la imposibilidad de usar máscaras (alegando razones de seguridad), vestiduras de ministros de la religión o uniformes militares. También se impedía llevar espada a los bailes (contrariamente a lo que ocurre hoy en día. ¡Qué sería de un traje de pirata sin este complemento!). Tampoco estaba permitido “vender y quemar carretillas o petardos de mistos fulminantes, arrojar aguas u objetos que puedan perjudicar a las personas o sus vestidos”. Vamos, que los “desfases” carnavaleros no se inventaron ayer.

Probablemente, la referencia más descriptiva sobre cómo se celebraba aquel Carnaval en las Islas la encontramos en la segunda década del siglo XIX. Pero eso lo contaremos en el próximo artículo… “¡No te lo pierdas! ¡Qué fuerte, qué fuerte, que fuerte…!”

 

 

 

Alberto Cartagena

 

 

 

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