Dándole la vuelta a Irlanda: Kinsale

KinsaleCelina Ranz Santana

En la desembocadura del río Bandon, al sur de la ciudad de Cork, se erigió una villa marinera, allá por el siglo XII, en la que actualmente recalan irlandeses y foráneos en busca de su rayito de sol.

Para esta ‘miniaventura’ tomamos la guagua en la estación principal de Cork: Parnell Place. Pocas son las bondades que puedo comentar sobre el transporte público en Irlanda –caro e insuficiente- así que no entraré en detalle con estos pormenores ‘logísticos’ de nuestro viaje.

El hecho es que, sin entender muy bien si la parada final iba a ser el aeropuerto de Cork o la villa de Kinsale, nos quedamos sentados donde estábamos después de que un tipo de Eireann Bus subiera a la guagua para dar a voces esta valiosa información –y es que el acento de Cork también tiene lo suyo-.

Pero confiamos en nuestra suerte –y en la capacidad de observación- y apenas media hora después de iniciar el viaje, ya habíamos llegado a nuestro destino. La guagua se quedaba vacía en una parada inexistente en mitad del pueblo y, aunque todos los signos destacaban la obviedad del asunto, antes de bajar le preguntamos al conductor si aquello era Kinsale, cosa que siempre hacemos antes de bajarnos de una guagua porque, si te has equivocado de parada, al menos dentro ni te mojas ni pasas frío.

Aunque el lugar no tenía pinta de ser muy grande y teníamos todo el día para descubrirlo, para no ir dando vueltas sin sentido colina arriba y colina abajo optamos por ir a la oficina de Turismo y pillar un mapa con el que guiar nuestros pasos.Kinsale

A pesar de sus pequeñas dimensiones y de que la vida de este pueblo se localiza en la calle que sigue la desembocadura del río hasta el puerto, lo cierto en que Kinsale cuenta con bastantes edificios que, tal vez más por su historia que por su arquitectura, resultan atractivos: la iglesia de San Multose –erigida en honor al patrón de la villa-, el castillo de Desmom –una torre convertida en museo de vino que en su momento fue utilizada por las tropas españolas como armería-, el Charles y James Fort –dos fuertes construidos en el siglo XVII para proteger la entrada a la localidad desde el puerto- o el Museo Regional de Kinsale –edificio del siglo XVII que cuenta con importante documentación acerca de los acontecimientos más importantes que tuvieron lugar en este pequeño rincón de Irlanda-.

Y es que, a pesar de que actualmente es más conocida por ser un enclave turístico y rincón de recreo de muchos irlandeses –sobre todo los afortunados que pueden dejar allí su barco- en otro tiempo Kinsale estuvo poblado de marineros y soldados, muchos de ellos españoles, ya que juntos participaron en la lucha contra las fuerzas inglesas allá por 1602. Este episodio, que se enmarca dentro de un contexto más amplio –la Guerra de los Nueve Años, dentro a su vez de la Guerra anglo-española de 1585 a 1604-, se conoce como el Socorro a Kinsale. A pesar de los esfuerzos de los rebeldes irlandeses y los soldados españoles llegados desde La Coruña en pleno mes de diciembre convencidos de las posibilidades de victoria, el resultado fue un fracaso. Alrededor de 1.200 hombres de la coalición hispano-irlandesa perdieron la vida, mientras que en las tropas inglesas apenas hubo 90 bajas. Los refuerzos españoles que habían sido solicitados por Juan del Águila llegaron a Kinsale dos días después de la rendición, cuando ya poco de podía hacer. Un año más tarde, a través del Tratado de Londres, ingleses y españoles firmarían la paz.

Pero Kinsale fue también escenario de la historia más reciente y, en concreto, de un episodio que, en cierto modo, cambió el curso de la I Guerra Mundial. El 7 de mayo de 1915, a unas once millas del puerto de Kinsale, el Lusitania –un trasatlántico de bandera británica dedicado al servicio de pasajeros- fue torpedeado por el submarino alemán U-20.

De las 1.959 personas que viajaban a bordo, 1.198 perdieron la vida. El Lusitania se hundió en aproximadamente 18 minutos y solo 761 de sus ocupantes vivieron para contar la trágica experiencia. Muchos de los cadáveres –entre ellos, centenares de niños- nunca fueron recuperados y continúan atrapados en el casco hundido de la nave, en las profundidades del mar.

Con todo, la embajada alemana había advertido a los pasajeros que tomaron el barco Kinsaleen Liverpool de que la ruta de éste atravesaba aguas que se consideraban ‘zona de guerra’, por lo que el Lusitania podía ser objetivo de los torpedos germanos, tal como acabaría sucediendo.

Pero la opinión pública se revolucionó con este suceso que, en cierto modo, facilitó la entrada de Estados Unidos en un conflicto que le tocaba muy de lejos. Pero en tanto que el destino final del Lusitania era Nueva York y 234 ciudadanos estadounidenses habían perecido en el ataque, el hundimiento de la nave no solo se convirtió en un pretexto para entrar en guerra sino en todo un símbolo de por qué se estaba luchando.

Actualmente cuesta imaginarse que Kinsale y sus aguas fueran escenario de tan cruentas batallas. Los visitantes y los autóctonos pasean despreocupados entre casas de colorines, toman el sol –cuando éste se digna a aparecer- recostados en algún pedacito de hierba o se preparan para zarpar en alguna de las embarcaciones atracadas en su puerto.

 

 

Celina Ranz Santana

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