Dándole la vuelta a Irlanda: Killarney

Garganta de DunloeCelina Ranz Santana

Al sureste del país, en el Condado de Kerry, se encuentra la cadena montañosa que alberga los picos más altos de Irlanda, en el entorno natural del Parque Nacional de Killarney.

Para hacer turismo en este país hay que estar abiertos a cualquier opción. Bueno, a cualquiera no, a la más económica. Los desplazamientos en guagua son caros, pero de vez en cuando te encuentras con alguna compañía que se dedica a organizar viajes y la excursión te puede salir a muy buen precio.

Por lo que nos hubiera costado llegar hasta la puerta del Parque Nacional de Killarney –algo que es prácticamente imposible en transporte público-, contratamos una excursión que nos llevaba a tres puntos diferentes del Condado de Kerry: la laguna de Dunloe, la villa de Killarney y su Parque Nacional.

Salimos de la oficina de Turismo de Cork con un poco de retraso por culpa de tres españolas que nos terminarían dando el viaje… Eran las 9.30 de la  mañana de un domingo de agosto, aunque parecía más bien un atardecer invernal. La verdad es que durante el viaje atravesamos todas las estaciones posibles. No es como los ‘microclimas’ de Canarias. Simplemente estás en un sitio parado y en cuestión de minutos pasas de la lluvia al viento, al rayito de sol y al Diluvio Universal.

Tardamos casi dos horas en llegar hasta nuestro primer destino: la Garganta de Dunloe. El desfiladero discurre entre dos altas cordilleras – las Montañas Púrpura y la sierra de los Macgillycuddy-, en el límite del Parque Nacional de Killarney.  Durante su avance, se van uniendo lagunas, lagos y riachuelos que hacen de la zona un lugar ideal para practicar senderismo o pasear con la bicicleta. Además, no está permitido el tráfico de vehículos a motor –salvo algunas excepciones- por lo que únicamente podrían importunarnos los carros y caballos que recorren al trote los irregulares senderos.

Por supuesto, no es un lugar para ir en sandalias, aunque estemos en verano. He llegado a la conclusión de que los pobres irlandeses, como no gozan de un verano en condiciones, solo por el hecho se ser agosto ya se ponen la ropa de verano como diciendo “Estamos en agosto. ¡No se hable más!”.

Pero esta osadía puede conducir a momentos trágicos, como bajarte de la guagua y que empiece a llover a mares mientras recorres una ruta en la que no hay lugar en el que guarecerse. Así le pasó a una pobre turista canadiense que, contaminada por el espíritu veraniego de los irlandeses se plantó en la excursión por la montaña con unas bonitas sandalias. Aún tengo la imagen de esos pies ahogados en barro y en otras cosas que no son barro -¿recuerdan que les dije que la ruta era frecuentada por caballos?-.

Parque Nacional de KillarneyJavi y yo hicimos lo que pudimos. No habíamos llevado ni paraguas ni chubasquero –ahora que me doy cuenta, es que ni siquiera tenemos. Igual es que también nos negamos a aceptar este tiempo…- y la lluvia nos pilló subiendo hacia el lago del Eco que, según dicen, te devuelve el nombre de la persona que se casará contigo. Por supuesto, no corrimos ese riesgo, pero un grupo de italianas se desgañitó gritando “¡Johnny Depp!”.

Lo bueno de las excursiones ‘organizadas’ es que te permiten llegar hasta lugares que en Irlanda solo son accesibles si te dejas una cantidad considerable de dinero. Lo malo es que no puedes hacer lo que te da la gana, así que únicamente dimos una vuelta por el primer lago y tuvimos que regresar. Pero hacia el interior de la Garganta de Dunloe avanzan varias rutas que vale la pena realizar, con tiempo –¡y con buen tiempo!-.

Con los zapatos embarrados y los vaqueros hechos un asco, regresamos a la guagua hacia el próximo destino: el Parque Nacional de Killarney. Por suerte, para entonces el tiempo había mejorado y pudimos disfrutar de un paseo en carro que estuvo muy bien. Al señor que llevaba las riendas no le entendíamos un carajo, pero no paraba de hablar. De todo lo que iba diciendo, solo me quedaron claras dos cosas: que el tipo estaba obsesionado por saber lo que costaba una Guinness en cada país de Europa y que en el Parque Nacional de Killarney hay dos tipos de reno: el reno macho y el reno hembra –humor local…-.

El recorrido acababa en con la llegada al castillo de Ross, residencia ancestral del clan de los O’Donoghue, allá por el siglo XV. Según la leyenda, cada siete años, durante la primera mañana del mes de Mayo, el patriarca de los O’Donoghue emerge del lago Leane cabalgando un caballo blanco. Cualquiera que sea capaz de atrapar esta visión, será afortunado el resto de su vida.Cascada de Torc

La hora del almuerzo nos pilló en la villa de Killarney, un lugar bastante turístico y pintoresco pero en el que no hay bancos para sentarte y comerte un bocadillo, como se suele hacer en toda excursión que se precie. Así que, después de mucho caminar –bueno, así al menos vimos todos los rincones del pueblo-, acabamos sentados junto a unos aparcamientos pero al menos gozamos de nuestro rayito de sol diario.

Ya por último regresamos al Parque por otra de las entradas para visitar la cascada de Torc, una de las más famosas del país. Tiene unos 18 metros de caída y es de muy fácil acceso, lo que se traduce en una considerable acumulación de turistas. En este punto, la guía de la excursión nos dio casi dos horas de tiempo libre para hacer lo que nos diera la gana y nosotros optamos por seguir una de las tres rutas recomendadas para visitar la zona. La verdad es que echaba de menos una ruta de senderismo con sus cartelitos, sus flechas, sus indicaciones… y el recorrido me gustó mucho. Obviando que la primera parte fue casi toda cuesta arriba, el resto del camino transcurría de forma agradable entre la densa vegetación y apenas nos cruzamos con unos cuantos ‘aventureros’ más.

Tras el descenso, el camino discurría por una extensa llanura que conducía hasta un gran lago. La vegetación era más amarillenta y, junto a la luz del atardecer, daba la sensación de que, de repente, nos habíamos trasladado a un paraje en el corazón de África. Poco duró aquel embrujo porque un kilómetro después llegábamos a la casa Muckross, una mansión con hermosos jardines abiertos al público que reflejan el modo de vida de los aristócratas del siglo XIX.

Aquí finalizó nuestra excursión si bien, como ya les adelantaba, el regreso se demoró más de media hora debido a que las españolas –una vez más- llegaron tarde…

 

 

Celina Ranz Santana

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