Dándole la vuelta a Irlanda. Dublín, segunda parte

Temple BarCelina Ranz Santana

Hacia las nueve de la mañana sonó la alarma de incendios. No era la mejor manera de empezar la jornada, pero sin duda era la que menos se nos hubiera pasado por la mente.

Por suerte ya estábamos vestidos y a punto de salir del hostal, no como el resto de huéspedes que, a juzgar por la escandalera que habían montado la noche anterior, habían estado de fiesta y a esas horas le tocaba dormir la resaca.

Un pequeño incidente en la cocina –en el hostal tenías la opción de prepararte tu propio desayuno- había sido el causante de que saltara la alarma, que durante un par de interminables minutos estuvo taladrándonos los tímpanos sin que nadie le prestara verdadera atención –al parecer, ni siquiera los propios encargados del establecimiento-.

Compramos un ‘Coffee to go’ –qué gran invento éste, que está en prácticamente todos los supermercados: tienes las máquinas y por un euro o poco Stephen’s Greenmás tú te preparas una bebida caliente. A veces tienen hasta sopas- y nos dirigimos al punto de partida del ‘free tour’ dublinés –en el viaje a Ámsterdam ya les conté en qué consistía esto-. El paseo empezó frente al Ayuntamiento y durante tres horas nos haría recorrer los lugares más destacados de la capital de Irlanda, con un clima sorprendentemente agradable: buena temperatura y nada de lluvia, algo poco usual por estos lares.

Como ya había estado leyendo acerca de la ciudad, muchas de las cosas se las había contado a Javi antes de que la guía abriera la boca –que leer foros de viajeros sirve, entre otras cosas, para ir de listilla con quien viajas…-. Además, la mayoría de los sitios ya los habíamos visitado la tarde anterior, porque Dublín es una ciudad bastante manejable. Con todo, la guía nos descubrió aspectos importantes de la historia de Irlanda, de los que lucharon por su independencia, de las grandes hambrunas que obligaron a sus habitantes a buscarse la vida al otro lado del Atlántico y de los grandes escritores que han nacido en estas tierras, como Joyce, Swift o Wilde. Una de las cosas que más me interesó fue el tema de las invasiones vikingas y como en el irlandés actual hay una mezcla tanto de la cultura celta como de las palabras que utilizaban los invasores que, para acabar con el mito, no eran tipos enormes y forzudos, sino más bien bajitos, pero además de ser buenos navegantes habían dado en el clavo con algo esencial a la hora de realizar sus conquistas: el tipo de calzado que utilizaban.

Sin ir más lejos, el nombre de la capital de Irlanda tiene origen vikingo: ‘Dubh Linn’ significa ‘estanque negro’ y hace referencia a la zona en la que el río Poddle se adentraba en el río Liffey, que atraviesa toda la ciudad. Este lugar, que actualmente se encuentra ubicado detrás del castillo de Dublín, era en sus orígenes una especie de ‘estanque negro’ y así es como los vikingos se referían a este emplazamiento. Hoy en día hay un parque y unas serpientes dibujadas en el suelo y es el helipuerto oficial del Parlamento.

Durante la visita pasamos por un mercadillo callejero en el que vendía un montón de productos del país. Y, como la comida es algo que nos pierde, acabamos comprando un queso, probablemente el más apestoso de todo el mercado, cuyo tufillo nos estuvo acompañando el resto del día a pesar de estar bien guardado en una bolsa dentro de la mochila. Pero, como yo no cargaba la mochila, me dio un poco igual… Sin embargo Javi tuvo que ir Kilmainham Gaolpaseando el olorcito a pies por todo Dublín. Y es que la visita terminó en el parque Stephen’s Green, pero luego continuamos por nuestra cuenta, y en compañía de Sara, hasta la prisión de Kilmainham –‘Kilmainham Gaol’, a las afueras de la ciudad.

Es una visita muy recomendable porque se hace con un guía que te va explicando todos los usos que se le dieron a las instalaciones desde que fueron construidas y mientras vas recorriendo celdas y corredores en los que la gente de la calle –no los ladrones y los maleantes, sino ciudadanos honrados- prefería pasar el resto de sus días antes de morir de frío y hambre en las calles durante los períodos de mayor pobreza. Se cuenta que en estos momentos había personas tan débiles que hasta eran devoradas por los pocos animales que quedaban y que también estaban salvajemente hambrientos.

La visita a Kilmainham Gaol finaliza en un lugar muy particular: el corredor principal, en el que se han grabado películas como The Italian Job, En el nombre del padre o Michael Collins. Con referencia a este último nombre, hay que resaltar que las paredes de esta prisión privaron de libertad a los cabecillas de las principales rebeliones irlandesas, desde 1798 hasta la de 1916.

Regresamos al centro a pie –y con olor a pies, gracias a la estupenda idea de comprar un queso como souvenir- y pasamos al lado de la fábrica de Guinness, que también suelta un olorcito muy particular. Como apunte –ya que prescindimos de la visita a la fábrica- únicamente resaltaré la curiosidad de que gracias a que en el siglo XVIII uno de los fundadores de la fábrica firmó un contrato en el que se establecía que el precio de los terrenos era de 40 libras anuales, actualmente se sigue pagando esta cantidad… ¡y es que el contrato se firmó por un plazo de 9.000 años! Eso sí que es tener ojo para los negocios.

Y hablando de cerveza, para concluir la jornada nos fuimos a tomar una pinta por Temple bar, como hacen los dublineses de pura cepa y los turistas que saben que hay tradiciones que merecen ser respetadas.

 

 


Celina Ranz Santana

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.