Cuando eso de votar es una tontería

Carlos Castañosa

Se queda cara de tonto cuando uno comprueba que, con su voto, el cabeza de lista del partido adversario se encarama a una alcaldía, a la presidencia de un cabildo o a la jefatura de gobierno, por mor de una maniobra de chalaneo que ahora se llama “pactos de gobierno”.

Porque, no nos engañemos ni dejemos que nos engañen, hoy ya han desaparecido las visitas preelectorales a mercados y barrios periféricos, con niños en brazos y sonrisas de anuncio dentífrico. Ahora se abanderan los intereses de la ciudadanía bajo el pretexto espurio de la gobernabilidad para montarse el negocio de las poltronas. Los titulares de prensa, habituales en esta lamentable etapa postelectoral, son una humillación y un insulto constante para el sentido común de los votantes. Nos sentimos vejados por el desprecio que se nos prodiga a costa de unos intereses políticos tan depravados como los propios individuos que los personifican; aquellos que después de saberse elegidos se suben unos cuantos peldaños sobre el ciudadano de a pie para arrogarse como derechos lo que tan solo son privilegios abusivos, captados desde una condición de casta acorde con la falaz declaración de servicio al pueblo. ¡Mentira!

Como todas las que apoyan sus promesas electorales, ilusionantes proyectos socio-económicos y supuestas soluciones a la crisis, al paro y a todas las penurias que nos asolan. Lo único que de verdad les interesa ¡a todos! es no apearse del carro de la política o, en todo caso, subirse aunque sea colgado de la trasera. Y todo dentro de la legalidad que, al parecer, poco tiene que ver con lo justo, con la moral y con la decencia. ¿Qué significa esto? Pues que las leyes están mal adaptadas a los derechos de los ciudadanos y a su necesidad de sentirse bien gobernados. Por lo tanto, se impone una reforma, concretamente de la LOREG (Ley Orgánica del Régimen Electoral General) en lo que se refiere a la traducción de votos en asignación de escaños. La actual ley D´Hont implantada en España, no es de las peores que caminan por esos mundos, y solo necesitaría algún leve retoque que enmendara las deficiencias detectadas tras unos cuantos años de puesta en práctica. P.ej.: ¿No sería más presentable una 2ª vuelta en sustitución de esos pactos contranatura que tanto ofenden la dignidad del pueblo soberano? Y las listas abiertas ¡Ese clamor!… Todavía más imperiosa es la necesidad de corregir la barbaridad que en la Ley Electoral Canaria suponen las tres barreras específicas que atañen a la condición archipielágica que, lejos de ser un beneficio para los habitantes que votan, solo es ventaja para los tres de siempre. Y mientras no se reforme esta parcela, seguirán siempre los tres de siempre: uno u otro, y el 3º de bisagra, según convenga. El problema es que los de siempre son quienes tienen la responsabilidad de auspiciar la reforma. Pero, claro, a ninguno de los tres le interesa por muy prioritario que sea para una población resignada a acudir a las urnas con esta precariedad, en nombre de una democracia renqueante, por culpa de algunos interesados padres de la patria que no nos respetan.

Demasiado pecado para tan poca penitencia. Si desde un principio su prepotencia no les hubiera inducido a menospreciar el 15-M y hubieran escuchado con atención la música de aquella voz pacífica, limpia y reivindicativa, en lugar de considerarla un ruido molesto para sus intereses, ahora no estaríamos avergonzados por el radicalismo que hoy se apoya en aquella buena fe de quienes empezaron a moverse con la ilusión acampada en la Puerta del Sol, y que ya poco tienen que ver con los que ahora escupen y rompen cosas. Menos mal para ustedes que todavía disfrutan del argumento de la democracia y de los resultados de las urnas para recriminar a los violentos. ¡Qué lástima de retórica tan mal dirigida! Pero quizá pronto tengan que prestar oído a otras voces, cuando lo que antes fue una llamada devenga en grito y exigencia de regeneración para una casta que debiera caminar a pie y al lado del ciudadano.

 

 

 

Carlos Castañosa

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