Cuando el amor por los animales ensucia las ciudades

Perro en un bancoCarlos Castañosa

Por fortuna las actuales costumbres de higiene y aseo personal permiten ser proyectadas a las ciudades y a su limpieza, bajo la responsabilidad y a cargo de operarios y vehículos municipales. Pero en casos como Santa Cruz, por mucha profesionalidad y esmero que dediquen a regar aceras y a barrer con ramas de palmera, hay algo repugnante y nocivo muy difícil de combatir.

Son los excrementos de paloma que alfombran inmisericordes pavimento y aceras para incomodidad y oprobio de peatones que cuando tienen que cruzar algún cagadero instituido, no encuentran un hueco limpio que coincida con su número de zapato para evitar pisar la mierda y llevársela a casa pegada en la suela. Hablamos de una plaga urbana de aves sin control sanitario, que perjudica gravemente, no ya la estética de la ciudad, sino que son un atentado contra la higiene pública y una porquería corrosiva para fachadas y monumentos, incompatible con el atractivo turístico que se pretende. Es un problema difícil de erradicar, sobre todo cuando se ve alguna persona de corazón tierno dando de comer a las palomitas. Les dejan las migas de pan o granos de cereal esparcidos en el suelo y las sobras son alimento para las ratas que salen de los parterres. (Hablamos de zonas de asueto para niños como es la Plaza de los Patos). Cuando no, una pobre señora, tan compasiva, que se la puede ver depositando alimentos en las bocas de alcantarilla de Benavides para que los roedores, también animalitos de Dios, estén bien cuidados. Las ratas se agolpan a la temprana hora habitual que la señora .acude con su carrito repleto de comidas para depositarlas en los desagües. Creo que alguien debería prestar a esta mujer la asistencia que sin duda necesita para bien, además, de la salud pública.

Para las autoridades es un  tema muy delicado pero no lo pueden eludir. No consiste en limpiar, regar y perfumar lo que al día siguiente estará de nuevo alfombrado de excrementos. Hay que tomar medidas severas para erradicar el problema, pero se necesita voluntad política.

Y otra cara en la misma onda la presentan algunos dueños de algunos perros: El amor a los animales es loable y siempre positivo. Pero no debe imponerse a los demás el tributo personal que cada uno debe rendir a su mascota. No es asumible lo del paseo del perrito para que haga sus necesidades en la calle, en cualquier acera o en el dueño que otea el horizonte por si la soledad absoluta le permite hacerse el loco y no recoger la cagarruta, O el otro caradura que, jugando al impávido, induce a su animalito a meterse en un jardín para que el zurrute se confunda entre la vegetación.

Ciertamente la responsabilidad de tener una mascota implica bastantes sacrificios, pero la vía pública es eso, un bien público que nadie tiene el derecho a ensuciar. Sería una solución que se habilitasen áreas específicas en cada barrio, como sucede en muchas ciudades que pretenden la deseada higiene y limpieza, donde todos los perros pudieran desahogar sus necesidades, en recinto cerrado, desinfectado y separado del vecindario, para comodidad de los dueños que así tendrían la facilidad de respetar al prójimo y a la ciudad.

A poco que nos lo propongamos terminaremos siendo una ciudad del S. XXI envidiable, envidiada y un ejemplo a seguir, con ciudadanos responsables y autoridades políticas con suficiente voluntad para imponerlo.

 

Carlos Castañosa

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