Costas las de Levante: Costa del Azahar. 6/7

Vinaroz playaValeriano Pérez

Viernes, 8 de enero de 2010. Suspendida la proyectada visita a Morella a las 9.15, tan pronto hemos desayunado salimos, bien protegidos a dar un paseo, sin rumbo fijo y para variar el itinerario, llegamos a la playa y superada la extraña plaza de toros (no se le ve visera) torcemos a la derecha sin rumbo fijo y así,  pasito a pasito, llegamos hasta Benicarló.

Al empezar el paseo el viento pretende molestarnos e incluso arroja contra nosotros algunos diminutos copos, más bien briznas, de nieve que no llegan a cuajar, no así en las montañas que se nos muestran con un blanco manto. Una vez llegados a Benicarló hacemos una paradiña y tomamos un aperitivo para, de inmediato, seguir con nuestro paseo.

Vamos por la orilla de la playa, pisando la rubia arena y otras veces andando por senderos o pistas, evitando los charcos de agua y cuando ya nos aburre las vistas del mar, accedemos a la airosa avenida hasta que por fin, a las 12.50, llegamos a Peñíscola tras caminar unos 14 km.

El esfuerzo realizado bien merece unos mejillones “al vapor” en un bar de ese pueblo que resultaron extraordinariamente buenos. A las 13.45 volvemos al Vinaroz Playa, donde llegamos veinte minutos antes de cerrar el comedor por lo que debemos hacer acopio de la comida y sentarnos.

Por la tarde habremos de conformarnos con hacer un largo paseo urbano, soportando temperaturas de 5º y un viento desapacible, todo lo cual combatimos con otro espeso y humeante chocolate con churros.

Por la noche, durante la cena, establecemos el itinerario de mañana y a pesar de que las previsiones climáticas seguirán aún adversas, vamos a arriesgarnos y nos iremos a Castellón. (Antes muertos que sencillos).

Sábado, 9 de enero de 2010.  Y dicho y hecho, tan pronto desayunamos sin hacer caso del tiempo que efectivamente amaneció desapacible, bien pertrechados contra el frío y la lluvia, abandonamos el hotel y nos vamos hasta la estación de ferrocarril y sacamos billete para Castellón.

Iremos en un cómodo y rápido tren Arco con asientos pre-asignados en el que, para entretener al pasajero que renuncie a disfrutar del paisaje, le ofrecen una película, en este caso  quizás tan antigua como su titulo: “Parque Jurásico” para cuya correcta audición te regalan unos cascos.

Amo los viajes porque me permiten conocer lugares, personas,  pueblos y monumentos que aunque no me den ciencia me dan cierta suficiencia. Por eso me pego a la ventanilla y observo con espíritu curioso todo lo que desfila ante mis ojos y a falta del paisaje me divierto imaginando la vida de la gente, en qué están pensando, como y donde viven, si aman o son amados, si tienen familia, cuales serán ambiciones y profesiones.

Y el paisaje en esta ocasión resulta grato pues a la contemplación del mar se une la inusual visión de las nevadas montañas y de la campiña levantina en la que destacan los naranjos que se ven cargados de frutos.

El tren pasa por Benicarló y otras poblaciones turísticas y antes de la estación de Castellón pasamos por la de Oropesa del Mar que no tiene nada que ver con la otra Oropesa, la Toledana. Esta la mediterránea, de playas de fina arena como la bahía de la Concha y caprichosas calas. A las 10.45 llegamos a Castellón y siguiendo la avenida Pintor Oliet y enlazando con la calle Sorolla (una distinción aparentemente no acorde con la fama de ambos pintores) nuestros pasos nos acercan al Parque Ribalta, un bello oasis urbano y autentico pulmón verde de la ciudad. En uno de sus laterales se encuentra un airoso templete para pequeños conciertos cerca del cual se hallan las estatuas de los músicos Tárrega, Albéniz y Falla. También vemos el recinto de la Pérgola y un estanque.

Seguimos el paseo y llegamos a la Plaza de la Independencia en donde se yergue La Farola, monumento emblemático de la ciudad construida en 1929 y que está situado sobre el lugar de la coronación de la imagen de la Mare de Déu del Lledó, que es patrona de la ciudad desde 1922.

Seguimos por la calle Zaragoza y entre  la Plaza Tetuán y la Avenida Rey Don Jaime I, está el hermoso edificio de Correos, de arquitectura modernista y estilo mudéjar. La citada avenida es la principal y más ancha arteria de Castellón y muy cerca de ella, en la plaza de Huerto Sogueros, se encuentra la estatua de ese emblemático rey aragonés. Y ya nos vamos a la Plaza Mayor, núcleo donde se concentra el mayor número de monumentos y edificios civiles o religiosos de todo Castellón.

Estamos en el centro histórico de la ciudad y aquí nos detenemos para  admirar la torre campanario El Fadri, que está separada de la iglesia concatedral de Santa Maria, la Casa Consistorial y el Mercado Central

El Ayuntamiento de Castellón es un palacio de estilo barroco hecho  entre los siglos XVII y XVIII que posee una bella fachada de estilo toscano en los soportales. Entre sus arcos hay una pequeña figura que representa a uno de los patronos de la ciudad, Sant Cristófol.A un tiro de piedra se encuentra la Iglesia Concatedral de Santa Maria del siglo XII, reconstruida en XIV tras un incendio y demolida en 1936. Quedaron en pie dos puertas laterales y la central (gótico valenciano) y los trabajos de reconstrucción se iniciaron en 1940. En su interior se halla la Purísima de Esteve Bonet y valiosos lienzos de Ribalta y Oliet.

 

A su vera se halla el Fadri, la torre campanario que permanece soltera en el tiempo, de estilo gótico-renacentista data de 1593 sobre una torre ya existente aunque no se acabó  hasta 1735. Es el mayor símbolo de la ciudad y está separado por ser de titularidad municipal y la iglesia no.

De planta octogonal, tiene 58 metros de altura  distribuidos en varias plantas. En algún tiempo, albergó una prisión y la casa del campanero. Tiene ocho campanas y tres más en la terraza para señalar las horas.

Ahora vamos a conocer el Mercado Central para sumergirnos en el día a día de la vida castellonense. Está muy bien surtido sobre todo de productos del campo y de la mar. Por la entrada de la calle Caballeros hay un bello edificio: La Lonja, conocida como la Lonja del Cáñamo, que nos habla de la importancia que tenía ese comercio en Castellón.

En un bar frente al mercado tomamos un aperitivo para seguir nuestro  paseo acercándonos a la Puerta del Sol donde destaca el edificio del Casino Antiguo y luego vamos a la Plaza de la Paz donde está el Teatro.

Ya nos apetece llegarnos al barrio marítimo de El Grau que se halla a 4 kilómetros por lo que nos conviene coger la guagua que sale la plaza del Juez Borrull y callejeando por paseos peatonales, hasta allí nos fuimos. La guagua pasa por el puerto pero seguimos en ella hasta el final del trayecto, en la Avenida Ferrandiz Salvador y con el saludable objeto de desentumecer las piernas, regresamos andando hasta el puerto por el paseo marítimo que deja a un lado la Playa del Pinar esa que baña el “Mare Nostrum” o Mediterráneo y que hoy se ve alterado por el viento.

A pesar del mismo, el  paseo resulta tonificante y, a veces por el  asfalto y otras por cómodas pasarelas de madera, atravesamos una atractiva zona en la que abunda esa vegetación poco exigente, típica de las dunas.

El barrio marítimo del Grau o del Grao es la puerta al mediterráneo de Castellón y en él destaca la plaza del Mar, el Real Club Náutico, las dársenas del puerto pesquero y el comercial y de aquí es donde parten los barcos que permiten realizar excursiones a las Islas Columbretes. Las Columbretes reciben ese nombre por la abundancia de culebras que los primeros navegantes encontraron allí. Son 5 islas que aglutinan en su entorno pequeños islotes y escollos. Declaradas parque natural y reserva marina, ahí viven el halcón Eleonor y el cormorán moñudo.

En el paseo Buenavista se ubican numerosos bares de buen aspecto y no queremos irnos sin tomar algo en uno de ellos. Cuando salimos pasa la guagua y la abordamos para retornar a Castellón y almorzar allí. Y lo hacemos en un Bar Restaurante llamado “El Zamorano” en donde la comida resultó variada y abundante, aunque con altibajos de calidad. Ya satisfechos damos un postrer paseo por la ciudad y vamos cogiendo el camino hacia la estación, ayudándonos con el plano que llevamos.

Pero o no estaba claro o no lo interpreté correctamente y dimos varias vueltas innecesarias debido a mi inveterada manía de preguntar solo lo imprescindible, quizás por una tonta cuestión de autoestima, buscando  valernos por nosotros mismos siempre que el tiempo no nos apure. Por supuesto no era este el caso y por fin llegamos a la estación donde hemos de esperar casi una hora por nuestro tren, un regional Express, menos cómodo que sale a las 18.00 horas y nos deja en Vinarós a las 19.05.

Aquí el tiempo no ha cambiado, quizás incluso ha rolado a peor pues al bajarnos del tren nos recibe un huracanado viento, y una temperatura de 3º que nos hace buscar un taxi que, lógicamente, no encontraremos. Menos mal que el viento es a nuestro favor y, bien abrigados y casi en volandas, al contrario de por la mañana que nos empujaba en contra, en escasos veinte minutos entramos en el hotel como unos torbellinos.

Después del oportuno aseo bajamos al comedor a por la cena y luego vemos un rato la tele, sin pensar siquiera en volver a salir a la calle.

En recepción un cartel avisa que la excusión de mañana domingo hacia el Delta del Ebro y en la que estamos apuntados, se va a celebrar. Pero ¿cómo se arriesgan la gente de Mundo Senior con este tiempo? Asterix diría en una situación semejante: “Estos romanos están realmente locos”.

 

 

 

Valeriano Pérez

 

 

 

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