Condenados por el asadero de pardelas en Lanzarote

10 personas fueron sorprendidas por la Guardia Civil mientras cocinaban aves protegidas en 2015

El Juzgado de lo Penal número 1 de Arrecife, en Lanzarote, ha condenado a diez vecinos de la isla a pagar cada uno de ellos una multa de 8.640 euros (24 meses de multa con una cuota diaria de 12 euros) por participar en una comida playera de aves protegidas (pardelas cenicientas) que habían sido cazadas ilegalmente.

La sentencia condena a los acusados como autores de un delito contra la ordenación y el medio ambiente en su modalidad de protección a la fauna, al estar las pardelas cenicientas incluídas en el Catálogo Español de Especies Amenazadas y en la Directiva 79/409/CEE relativa a la conservación de las aves silvestres.

Además de la multa, el fallo impone a todos los condenados la pena accesoria de tres años de inhabilitación especial para profesión u oficio relacionado con la actividad de la caza, así como para el ejercicio del derecho de cazar. Igualmente, la magistrada encargada del caso les condena al pago de las costas generadas por el proceso.

Asadero de pardelas

La resolución judicial declara probado que los diez acusados, puestos de común acuerdo “tanto en la acción como en el resultado”, participaron en septiembre de 2015 en un convite en el islote de Alegranza, Parque Natural del Archipiélago Chinijo (Espacio Natural Protegido) en el que iban a degustar diversos ejemplares de parcela cenicienta que previamente habían capturado, a sabiendas de que la misma es una especie protegida”.

Expone la magistrada que, con su acción, los imputados contravinieron las condiciones establecidas en la autorización que el Cabildo Insular de Lanzarote había otorgado a uno de ellos (un conocido empresario lanzaroteño) para fondear con tres barcos en el playa de el Veril del islote de Alegranza entre el 4 y el 12 de septiembre de 2015 para “pasar el día en la playa”.

La sentencia subraya que los ahora condenados fueron sorprendidos por la Guardia Civil en plena comida, unos sentados a la mesa (que se había instalado bajo una carpa) y otro literalmente con “la cuchara en la mano” preparando el guiso. Éste, detalla, admitió “avergonzado” a los agentes que lo que estaba cocinando eran ejemplares del ave protegida.

 

El Ilustrador

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