Con los pies en el sueldo

No quiere decir nombres ni apellidos, porque Vagabundo Pérez sabe que todos los conocen. Además no es un hombre que opine desde lo destructivo del rencor, sino desde lo visceral de la justicia. Y esto no le parece justo, de ninguna manera. Sin pretensiones populistas ni demagogia populacha, Vagabundo Pérez nos invita a la reflexión acerca de uno de esos temas que le provocan no tanto indignación como desasosiego: el salario de quienes nos gobiernan.

Vagabundo Pérez parece haber asumido el fracaso del comunismo incipiente del siglo pasado con el espíritu apocado de las victorias inconclusas. Entre la teoría y la práctica el abismo de la realidad ha jugado sus cartas demostrando, una vez más, que no existen los absolutos. Así sucede que la vileza del ser humano se antepone a sus quimeras ideológicas, con independencia de la línea que estas sigan. Qué tendrá el poder y el ansia de poseerlo que transforma la conciencia de quien lo detenta. El caso es que el individuo, una vez alcanzada la posición desde la que prevé cambiar la realidad que amenaza los intereses del conjunto, se ve tentado por la posibilidad factible de mejorar su situación personal como acción prioritaria. Amparándose en la voluntad consensuada de los votantes, actúa. Actúa y lo hace envuelto en una nube de aparente inmunidad justificada por la responsabilidad inherente a su cargo. Asume que la obligación social que ha adquirido voluntaria y desinteresadamente es una carga difícilmente manejable por el resto de los mortales y que, por lo tanto, merece una compensación extraordinaria que le permita el desarrollo de sus funciones. “Esa es la teoría que todos hemos asumido como normal”, sentencia Vagabundo Pérez. “Ahora, la práctica”.

La práctica es la vergonzosa confirmación de que el peso en los bolsillos alivia el peso de la conciencia. Vagabundo Pérez simplifica bastante en este aspecto, pero la terrible sencillez de sus conclusiones resulta cuanto menos alarmante: ¿Cómo se puede gobernar planeando sobre los problemas y no desde el epicentro de los mismos? ¿Cómo puede hablar de crisis alguien que en cuanto detenta su cargo lleva a cabo reajustes salariales para mejorar la situación de los cerebros que piensan -en horario intensivo de mañana- por todos nosotros? ¿Cómo se puede entender lo que sucede desde un mundo ficticio de manifiesta irresponsabilidad? “La democracia extrema es demagogia”, resuelve Vagabundo Pérez, que siempre fue un ferviente seguidor de Aristóteles.

El interés individual prevalece sobre el interés común y a fuerza de costumbre hemos olvidado exigir que esa misma regla no opere en aquellos sobre los que hemos delegado el compromiso de controlar la evolución del juego. La democracia -o Politeia, como matiza nuestro aristotélico Vagabundo- debería ser el gobierno de los que tienen los pies sobre la tierra y no de los que caminan con los pies sobre el sueldo.

 

 

 

 

Vagabundo Pérez

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