Cómo entrenar a tu dragón

Como entrenar tu dragónAlberto García

La primera vez que llevé a mi hijo al cine fue todo un espectáculo. Nunca había visto nada igual. Pero el espectáculo no estaba en la pantalla, estaba en las caras de mi hijo y mi sobrino mirando hacia ésta. Tengo la foto grabada en mi memoria, como si la tuviera ahora mismo ante mis ojos. Los suyos, abiertos de par en par y las bocas haciendo lo propio. Alucinados.

Esto de ir a ver películas de animación por parte de los adultos creo que aún tiene algo de sospechoso si no vas acompañado de los pequeños. Si hablas de una película de éstas en compañía de alguien que ha sucumbido en las redes del mundo que entendemos por adulto te mirará con incredulidad, con una media sonrisita e incluso alguno hará algún comentario insulso. Como si a ellos no les gustara…

Menos mal que de un tiempo a esta parte nuestra enrevesada sociedad empieza a perder los prejuicios y a asumir comportamientos que en otros tiempos se consideraban de una cierta extravagancia. Hoy podemos, por ejemplo, ver películas de dibujos o ir por la calle con el pelo pintado de mil colores. Cada uno que haga lo que le venga en gana. Algunos incluso irán a ver películas de dibujos con el pelo pintado.

Yo tengo la suerte de poder películas de animación en el cine que en otros tiempos, en los que aún no era padre, probablemente no habría ido a ver. Bendita obligación paternal. “Voy a llevar al niño al cine, para que se divierta un rato”. Ejem…

Esta vez le ha tocado el turno a Cómo entrenar a tu dragón, que me pareció una película divertida y agradable a pesar de su extraño título, no porque no tenga relación con la historia, que lo tiene, sino porque a priori no resulta demasiado atractivo. Prácticamente no conocía la existencia de la película, fue mi hijo el que me dijo que quería ir a verla. Él decide.

Si bien es cierto que la mayoría de estas películas de animación hechas por grandes estudios buscan, siguiendo la lógica del mercado, acaparar el mayor número de espectadores, no por ello han de ser películas necesariamente estúpidas. Incluso de vez en cuando se producen pequeños milagros de películas realmente hondas e interesantes que, no dejando de lado el objetivo comercial, consiguen un lugar respetable en la historia de este arte tan efímero como es el cine (por la gran cantidad de títulos que llegan cada semana a las salas). Es el caso por ejemplo de Up, Toy Story o de Ratatouille.

Para conseguir el esperado efecto de recepción de millones de hijos ávidos de dibujos unidos a sus padres, todos en pro de la ansiada comunión con los bichejos que pueblan sus historias, las películas de animación han de basar su estructura en planteamientos narrativos perfectamente estudiados por la ortodoxia clásica de guión y potenciar al máximo los aspectos emocionales de la historia. Y, como siempre en la vida, a veces sale mal y a veces sale bien. Como ya dije en un artículo anterior, en Planet 51 salió desastrosamente mal y en Cómo entrenar a tu dragón salió bastante bien, siempre a juicio de este niño treintañero.

Ahora espero con ansia el estreno de Alicia en el país de las maravillas, deseando que Tim Burton haya tenido uno de esos maravillosos aciertos que tiene cada cierto tiempo cuando logra sacar el mejor jugo a historias que enlazan de manera perfecta el universo infantil con la psicología adulta. Dije en otra ocasión que las grandes novelas no deben llevarse al cine. Tanto Alicia en el país de las maravillas como Alicia a través del espejo son grandísimas novelas. Nunca es tarde para retractarse de lo que uno ha dicho. Esperemos a ver…

 

 

 

Alberto García

 

 

 

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