Chişinău: Vino que te quiero vino

Viñedos MoldaviaJulia Marí Alcántara

En pie a las siete de la mañana después de haber dormido menos de tres horas y con una sensación de tristeza porque el viaje estaba a punto de llegar a su fin.

Bajamos a desayunar a la cocina del albergue y allí ya había mucha gente en pie. Les dijimos que nos íbamos rápido porque íbamos a hacer una excursión a las bodegas. Todo el mundo sabía a qué bodegas nos referíamos y nos dijeron que valían mucho la pena. Seguía sin apetecernos mucho lo de ir a beber vino a esas horas, pero poco a poco nos íbamos animando.

Las bodegas de las que hablo son las más grandes del mundo y están en Milestii Mici, 20 km al sur de Chişinău. De hecho, las bodegas aparecen en el Record Guiness. Dentro de las bodegas te has de mover en coche y la visita suele durar dos horas con cata de vinos incluida. Ninguno de nosotros era consciente de que Moldavia era importante por su vino, ni que tenían algo tan grande y digno de ver como esas bodegas, por ese motivo, el cansancio no era tanto comparado con la emoción de llegar a nuestro destino.

Llegamos al punto de encuentro cansados y muertos de frío. Los taxistas ya nos estaban esperando pero aún no era la hora de la salida, así que decidí ir a ver si podía cambiar algo de dinero. Cuando llegué a la casa de cambio había un hombre detrás del mostrador. Le hablé y me ignoró. Salí de la casa de cambio sin dinero y con cara de tonta. Mi compañero, que había ido a comprar una postal, tampoco lo había conseguido. Al parecer, la señora del mostrador le dijo que era domingo y que era día de descanso. Los dos estábamos un poco sorprendidos. Si era el día de descanso, ¿por qué tenían que estar detrás del mostrador?

Nos pusimos en marcha un poco contrariados y, en media hora, llegamos a nuestro destino. El paisaje entre Chişinău y las bodegas era bastante triste, desangelado. Había un guarda en la puerta y le dijimos que teníamos una visita para las diez de la mañana. Nos dijo que las bodegas estaban cerradas porque era el día de descanso. Le intentamos explicar que habían hecho una reserva para nosotros… No entendíamos nada… El hombre decía que todos los trabajadores estaban dentro de las bodegas pero, como era el día de descanso, ninguno de los que estaban dentro nos las podía enseñar. Lo del día de descanso empezaba a sonar a chiste. Gente que está en el puesto de trabajo pero que no puede hablar contigo porque ¿están descansando? Hicimos un par de llamadas. Por lo visto, la chica que tenía que haber hecho la reserva se había olvidado de hacerla, así que lo único que vimos fue la gran puerta de hierro de las bodegas, cerrada… Diez de la mañana, dos horas de sueño, domingo día de descanso: ¿ahora qué?

A las diez y media estábamos en medio de la ciudad otra vez, una ciudad vacía, helada. Bromeábamos diciendo que el vino moldavo era increíble, que nunca habíamos probado nada igual. La realidad es que nos caíamos de sueño y que ya no teníamos habitación a la que ir a descansar, el vuelo de regreso no salía hasta la noche y amenazaba con caer una tormenta importante.

Mercado central Fuimos a desayunar a un bar que estaba dentro de un gran centro comercial y, después de reponer fuerzas, decidimos hacer lo que hacen todos los habitantes de Chişinău un domingo: ir al mercado. Hay un gran mercado en Chişinău en el que puedes encontrar desde comida hasta ropa, desde bebidas hasta productos de limpieza. Es enorme y se respira un ambiente genial. Huele a comida recién hecha por todas partes y se escucha a los vendedores gritar el precio de los productos como locos. Merece la pena darse una vuelta por allí y probar algunas cosas típicas.

A continuación fuimos a un mercadillo cerca de la estación de tren. Era una especie de rastro, en el que todos los habitantes llevaban una mantita, la tendían en el suelo y ponían encima cualquier cosa que quisieran vender. Había cacharros, zapatos sueltos, muchas cosas de la época comunista, libros viejos, etcétera. A veces daba mucha pena ver a la a gente regatear por conseguir solo un zapato o un tornillo; era una lucha por vender el máximo de cosas a personas que solo podían comprar lo estrictamente necesario y a un precio muy bajo.

Comimos muy tarde e hicimos una sobremesa muy larga porque ya no había nada más que hacer aquel día, que había comenzado tan pronto y con tantos imprevistos. Las horas pasaron y llegó el momento de coger un taxi para ir al aeropuerto. Lloviznaba. El taxista iba a 10 km/h. Volvimos a confirmar que iba un poco bebido. Hablaba sobre El Prado, Velázquez y lo bien que lo había pasado en Madrid. Era un taxista culto, pensamos. Bebido, pero culto. En un momento de la conversación vi los cristales llenos de agua, no se podía ver nada. Me preguntaba si el taxista pasaría el limpiaparabrisas o seguiría mucho tiempo así, pero llegué a la conclusión de que aunque pasase el limpiaparabrisas no vería nada…

Una vez en el aeropuerto, nos sentamos en una cafería a tomar algo caliente. Miré hacia la izquierda y vi a un hombre que iba tranquilamente en bicicleta por la pista de aterrizaje… Qué grande es Moldavia, qué grande…

 

 

Julia Marí Alcántara

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