Chişinău: Regreso al pasado

Arco del Triunfo en ChişinăuJulia Marí Alcántara

Hay destinos que no son turísticos y a los que nunca te plantearías ir porque, entre otras cosas, no sabes ni dónde están. Además, me fue imposible encontrar una guía de Moldavia y no conocía a nadie que hubiera visitado este país, por lo que el viaje se planteaba interesante. No sabía qué esperar porque no esperaba nada. Coged la tarjeta de embarque porque estamos a punto de despegar.

Chişinău, nuestro destino, es la capital de Moldavia, un país que fue ex república de la Unión Soviética y que hace frontera con Ucrania y Rumanía. Actualmente es el país de Europa con una renta per cápita más baja y nada más bajarte del avión sabes que te espera un viaje al pasado que no olvidarás nunca.

Tuve la gran suerte de que la ULIM (Universitatea Libera Internationala din Moldova)  me invitara a participar como ponente en el coloquio internacional Interculturalidad a través de la traducción, la lingüística y la literatura. La suerte no acabó ahí, pues invitaron a seis compañeros más de otras universidades, con los que ya había compartido risas, charlas, cenas y experiencias en otras ocasiones. Las ponencias tenían lugar el viernes pero nosotros decidimos ir un día antes y volver  dos días después para tener tiempo para hacer turismo y descubrir todos los secretos de la ciudad.

Volamos desde Bucarest con Air Moldova. No sabía de su existencia hasta comprar los billetes y reconozco que no las tenía todas conmigo porque viajábamos en un avión de hélices en el que apenas cabían doce personas, con una azafata que se saltó lo de las normas de seguridad y con un comandante que no se dirigió a nosotros ni para decirnos “en 10 minutos aterrizamos”. Pensé que esos pequeños detalles, y el hecho de que en el periódico moldavo que nos repartieron la noticia fuera “¿Fue Stalin un idiota alcohólico?”, ya prometían que el viaje no nos iba a dejar indiferentes.

Nos fueron a buscar al aeropuerto unas alumnas de la ULIM muy amables y fuimos todos juntos para el hotel en un taxi. Cuatro personas detrás y dos delante y aquí no ha pasado nada. Pensé: “Si no había normas de seguridad en el avión no las habrá en la carretera”. Días más tarde continué reafirmando esta opinión gracias a otros taxistas.

El hotel de las dos primeras noches era bastante decente, o eso pensaba hasta que se me inundó el baño al día siguiente. Me sorprendió un poco el precio, 60 euros la noche por un hotel de tres estrellas que no estaba en el centro de la ciudad y en un país en el que la mayoría de la gente cobra de media 200 euros al mes.

Aprovechamos el primer día para hacer un poco de turismo, ya que después de dejar las maletas en el hotel, todavía eran las diez de la mañana. La calle principal, no hay mucho más aparte de esa calle, se llama Stefan cel Mare (Esteban el Grande, aunque en español se suele hacer referencia a él como Esteban III de Moldavia). También en muchas ciudades rumanas hay una calle que se llama así. Stefan cel Mare aparece en todos los billetes moldavos y es famoso porque fue príncipe de Moldavia entre 1457 y 1504 y porque ayudó a que Moldavia no fuera invadida por húngaros, polacos uArco del Triunfo otomanos. Gracias a este viaje y a un taxista ruso, nos enteramos de que el caballo de Stefan cel Mare se llamaba Catalán. Al parecer se llamaba así porque fue un regalo del rey de Aragón, aunque la verdad es que no he encontrado referencias en ningún sitio sobre este hecho que, al parecer, es vox populi en Moldavia.

Cuando paseas por la calle Stefan cel Mare, que es más bien una avenida inmensa sin adoquines y agrietada por el paso del tiempo, tienes la sensación de haber retrocedido al París de los años treinta. Al final de la calle, al igual que al final de los Campos Elíseos, se encuentra el Arco del Triunfo, que realmente no difiere mucho del resto de arcos del triunfo que he visto en otras ciudades. Paseando por esta avenida me di cuenta de que no tenía mucho sentido sacar las fotos en color, porque aparte de que Chişinău es una ciudad gris, es una ciudad del pasado, y las fotos en sepia y en blanco y negro eran las únicas que le hacían justicia.

 

En la calle Stefan cel Mare se puede ver el Ayuntamiento, la Catedral, la Ópera y también puedes encontrar la tienda Bucuria, donde están los mejores chocolates a un precio muy asequible, y el restaurante LaPlacinte, donde se come genial también por un módico precio.

Catedral Ortodoxa

En una avenida tan transitada, los coches conviven con los trolebuses, ya que autobuses  normales no hay. Lo que sí hay es una especie de furgoneta que se llama rutieră, que hace las funciones de autobús y que siempre va a tope. Hay varias y tienen diferentes rutas. Como no hay tiempo ni espacio para pagarle el billete al conductor, cuando llegas al fondo del vehículo le pasas al de delante el dinero y así de mano en mano va llegando al conductor, que amablemente te devuelve el dinero, que hace el mismo trayecto de mano en mano hasta llegar a ti. La gente es honrada, no se queda tu cambio por el camino, pero es curioso ver todo el proceso, especialmente si la rutieră va a tope y son muchos los que tienen que pagar. Supongo que en esos casos siempre habrá quien no pague, pero un revisor no cabría ni a presión. Si llevas una maleta, el espectáculo se convierte en surrealista…

Como en otro países del Este, no faltan los perros callejeros por la calle. No tuvimos ningún problema con ellos, pero es mejor estar alerta. Digamos que no todos son amigables, de vez en cuando muerden, y más de uno ha acabado en el hospital para vacunarse contra la rabia.

Podría parecer que no es el país adecuado para hacer turismo pero, en realidad, ¡lo es! Aterrizamos por hoy, pero no perdáis la tarjeta de embarque que esto continúa con experiencias y anécdotas que no os dejarán indiferentes.

 

 

Julia Marí Alcántara

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.