Chişinău: Alexandru cel Mare for president

Cambio de guardia en el Memorial EternitateJulia Marí Alcántara

Tercer día de viaje y un día de turismo por delante, abrocháos el cinturón porque en Chişinău nunca se sabe lo que puede pasar…

Empezamos con calma, volviendo a recorrer la calle Stefan cel Mare y volviendo a comer en el restaurante LaPlacinte. Después de comer y ya repuestos de la noche anterior, recorrimos algunas calles de la ciudad menos céntricas. Pasamos por el Museo Nacional de Arqueología e Historia, por varios parques, vimos antiguas casas señoriales, edificios del gobierno e iglesias. No obstante, yo me quedo con los edificios de la época comunista. Bloques y más bloques de pisos, todos iguales, imposibles de distinguir los unos de los otros, y entre los cuales había camuflados hoteles. Una arquitectura monótona, gris, pesada, que le da a la ciudad ese aire de una época anterior.

Caminando por las calles de diversos barrios de la ciudad, llegamos al Memorial Eternitate, un cementerio dedicado a los soldados rusos que cayeron durante la Segunda Guerra Mundial y durante el conflicto militar de Transnitria. Era un sitio inmenso, interesante desde el punto de visto histórico yMemorial Eternitate aparentemente tranquilo. De hecho, éramos los únicos visitándolo hasta que, de repente, apareció un rapero grabando su videoclip y seguido de un grupo de niños que le miraban. No sabemos si el rapero era famoso o era un chico que se llevó a un cámara que parecía profesional, tampoco sabemos cómo encontrar el videoclip que grabó allí en medio del memorial, ni sabemos si era pro-ruso o no…

En el centro del complejo había un monumento en forma de triángulo que tenía a la guardia rusa custodiándolo. Nos hicimos fotos con ellos, pero obviamente no movieron ni una ceja y, de pronto, como si el destino nos hubiera puesto allí en el momento adecuado, empezó el cambio de guardia. De repente, empezaron a caminar con las piernas en alto y a hacer filigranas con las armas. Estoy segura de que todos los días tienen cero espectadores, porque Chişinău no es Londres, ni el complejo Eternitate el Buckingham Palace, pero es un espectáculo que merece mucho la pena. Nosotros no teníamos verjas para verles, de hecho les podríamos haber tocado con la mano si las armas no impusieran tanto respeto, y en algún momento nos tuvimos que apartar de su camino porque venían directos hacia nosotros.

La visita al complejo fue todo un éxito, era el momento, pues, de parar a tomar algo caliente, ya que hacía bastante frío y amenazaba con caer una tormenta. Nos paramos un un bar-restaurante que estaba vacío y nos atendió un camarero que apenas chapurreaba el rumano, que nos habló en seguida en inglés como buenamente pudo. Su físico ya le delataba: ruso ruso. Muy amablemente nos sirvió las bebidas, pero al cabo de diez minutos, y con la carta en la mano, se acercó a uno de mis amigos y le habló sólo a él. Le dijo que creía conveniente que para acompañar a su cerveza se pidiera algo de carne. Mi amigo lo consultó con los demás y le dijimos al camarero que trajera algo de carne a modo de tapa española, para picar todos un poco, vaya.

El caiet del camarero AlexandruDiez minutos después de haber traído la carne, se acercó otra vez, carta en mano, esta vez dirigiéndose a mí. Me dijo que creía conveniente que para acompañar a mi té me pidiera una ensalada César. Le dije que muchas gracias pero que no tenía hambre y él me aconsejó que quizás la ensalada no era lo mejor para mí y que mejor me pidiera un Tiramisú. Esta vez le tuve que decir que no, porque realmente no tenía nada de hambre, y el hombre se fue cabizbajo para la cocina.

Diez minutos después volvió a venir, esta vez con una libretita en la mano y dirigiéndose a un tercer amigo. Le dijo que, si éramos tan amables de escribir en su cuadernito algo bueno sobre el restaurante, nos lo agradecería, y que por favor, mencionáramos su nombre, Alexandru. El camarero Alexandru, el rey del marketing, se merecía que escribiéramos lo mejor sobre él, porque uno por uno nos fue aconsejando lo que nos convenía. Le escribimos cosas buenas en todos los idiomas que conocíamos, terminando con un “¡Bravo Alexandru!”. En el cuadernillo solo habían escrito dos personas más antes que nosotros, pero como escribieron en ruso, ni idea de lo que le pusieron a Alexandru cel Mare (Alejandro Magno, se había ganado el nombre de sobra).

Cuando salimos del restaurante, quisimos apuntarnos el nombre para poder volver si algún día regresábamos a la ciudad. Lo sorprendente es que el nombre estaba en rumano, y no en ruso, y traducido al español sería: Dacio al horno. Recordemos que los dacios eran los antiguos habitantes de Dacia, que corresponde a la actual Rumania (restaurante pro-ruso, blanco y en botella). Aquel nombre, en aquella ciudad, era como ponerle a un restaurante de Barcelona «Madrileño a la cazuela».

El resto del viaje nuestro tema de conversación solía girar en torno a Alexandru. Nos planteamos hasta llevarle a España, buscarle un trabajo allí de camarero, convertirle en el mejor de su especie, en el rey del turismo, en el que nos salvaría de la crisis.

Las noches de hotel pagadas se habían terminado y como decidimos alargar nuestra estancia en la ciudad, la última noche corría por nuestra cuenta, así que decidimos cambiarnos de hotel e irnos a un albergue. El albergue estaba bien, la chica era maja, pero cuando nos dirigimos a ella en rumano, nos dijo en inglés: “Lo siento, yo soy rusa”. Parecía que el destino nos llevaba siempre a todos los lugares pro-rusos de la ciudad.

Después de hacer el cambio de hotel por albergue había que buscar un sitio para cenar y decidimos probar con un restaurante ucraniano (un 8,3 por ciento de la población de Chişinău es ucraniana). Llegamos al restaurante sobre las 8 y estaba vacío completamente. A las 9 seguía vació, a las 10 también. El camarero se lo tomó con calma y eso que éramos los únicos clientes que vio en toda la noche, y diría yo que en todo el día… Era sábado y terminó por invitarnos a unos chupitos. A día de hoy, no puedo asegurar que el restaurante siga existiendo.

Aunque sabíamos que teníamos que madrugar al día siguiente, era nuestra última noche en Chişinău, así que decidimos ir a ver una discoteca de esas en las que te cachean a la entrada y en las que las chicas parecen modelos rodeadas de chicos con mucho dinero pero poca presencia… Si la discoteca hubiera estado en España, la hubiera calificado de discoteca pija, por la forma de vestir de todo el mundo, pero después de ir al baño no sabría qué decir. En Chişinău hay muchos baños que aún tienen letrinas. Había una letrina en la universidad y en el bar de Alexandru cel Mare, aunque en realidad la mayoría de sitios tenía un WC normal. En una discoteca de esas características, con todas las chicas con mini vestidos y taconazos, hubiera esperado un baño en condiciones, ¡pero no! Ahí estaba yo en la disco más chic de Chişinău y observando una maravillosa letrina delante de mis narices.

Volvimos al albergue tarde, sobre las cinco de la mañana. Para nuestra desgracia, nos teníamos que levantar a las siete para desayunar y llegar a tiempo al centro, donde nos iban a recoger para hacer una excursión que nos había preparado gente de la Universidad. Nos metimos en la cama y todavía era de noche, pero un gallo no paraba de cantar… Buenas noches, mañana será otro vuelo.

 

 

Julia Marí Alcántara

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