Charlize Theron y Patricio Estrella

Lejos de la tierra quemadaSabemos aquello de que las películas no son sólo las obras de los directores o de los guionistas o de los guionistas/directores, también llamados ocasionalmente “autores”, sino que son el resultado del trabajo de muchas personas, cada una aportando lo suyo. Pero…

¿Qué ocurre cuando lo mejor de una película son los actores? Dices, bueno, la peli no es que sea brillante pero los actores están magníficos… ¿Cómo valorar eso? Es decir, se puede calificar su trabajo por separado y ya está, no pasa nada, no va a dejar de girar el planeta por ello pero tengo la impresión de que como seres humanos somos tan imperfectos que estamos ávidos de verdades universales para poder acotar mejor el mundo, necesitamos categorizarlo todo de manera amplia para sentirnos un poco más seguros. Así que lo que nos gustaría de verdad decir es “Esta película es mala” o “Esta película es buena”. Así, en bloque. Pero la realidad se impone también para las películas. Es una pena porque si asumimos eso es una forma de reconocer nuestra propia inseguridad. No sé si me explico.

Ocurría en Vicky Cristina Barcelona, que era una película-spot, sobre la citada ciudad, de carácter bastante endeble, mucho más si uno es español y reconoce la sarta de tópicos allí incrustados. Sin embargo, a juicio del que esto escribe, Penélope Cruz estaba simplemente magnífica. No debe de ser sólo mi juicio puesto que la actriz se llevó para casa al eunuco dorado. Sí, yo creo que es un eunuco, para mí que la espada no tapa nada. En fin.

He visto The Burning Plain -en español “Lejos de la tierra quemada”- y tengo la impresión de que lo mejor de ella son los actores. Sí, parece un tanto injusto que haya una mujer como Charlize Theron que está buenísima, parece simpática e inteligente, gana un montón de pasta y encima sea buena actriz, pero qué le vamos a hacer, señores mortales como yo, ya lo dijo Patricio Estrella en un capítulo de Bob Esponja: “la vida no es justa”. C’est la vie.

Charlize es una de esas actrices (como Penélope) que hacen creíbles sus personajes porque se meten a fondo en ellos, porque los viven, los sufren. Es decir, son ellos mientras ruedan. Javier Bardem, otro grande y cuyo eunuco espadachín estará ahora acompañado, contaba hace tiempo en una entrevista que él cuando termina de hacer una película le escribe una carta a su personaje para despedirse para siempre de él. Esa es su manera de mudar esa piel y volver a ser él mismo. A eso lo llamo yo meterse en un personaje. Y, sí, amigos aspirantes a actores, eso tiene que ser duro (no soy actor) pero eso es lo que yo creo que hacen los grandes. De nuevo, c’est la vie.

Por cierto, probablemente lo mejor de No country for old men era Javier Bardem. Y aquí tengo que decir que con los Coen me pasa como con Guillermo Arriaga, guionista y director de The Burning Plain, que vuelvo a ellos aunque me decepcionen ocasionalmente. De toda la filmografía de Arriaga, para mí la más interesante es Los tres entierros de Melquíades Estrada y ahora mismo no sé muy bien a qué se debe esta predilección, pero ahí queda dicho por si a alguien aparte de a mí mismo le interesa. Por opiniones que no sea.

The Burning Plain entra dentro de la línea dramática que roza el melodrama a la que nos tiene acostumbrados el mexicano, antes guionista y ahora también director. Los personajes están bien escritos, los actores los defienden de maravilla pero me pregunto a dónde nos conduce el conjunto. Tengo la impresión de que se trata de una apuesta per se por el drama, una necesidad de crear drama a toda costa. Es decir, todo tiene que tener sentido en una obra artística. Una comedia loca es para hacer reír, pura y simplemente. Un drama debe conducirnos a una nueva lectura de la condición humana, ha de ser un viaje a nuestros infiernos interiores. A veces es simple, como en Magnolia, de Paul Thomas Anderson, que hablaba de cómo nuestro pasado nos condiciona lo que somos hoy. Sin embargo en la película de Arriaga no tengo muy claro el objetivo tramático y dramático. Puede que lo encuentre, puede que esté ahí escondido y deba dejar respirar un poco más la película en mi cabeza. No me importará rememorar un poco más las imágenes de Charlize Theron y de Kim Basinger, todo sea dicho.

Quizás lo que tenía Los tres entierros de Melquíades Estrada a diferencia de ésta es que desarrollaba cierta épica que hacía que su realismo descarnado recordara vagamente la fuerza literaria del maestro Gabriel García Márquez. Era realismo con vocación de realismo mágico.

Voy a pensar en Charlize, en Kim… y en Patricio Estrella.

 

 

Alberto García

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.