Carlos Fuentes: adiós en Montparnasse

Carlos Fuentes‘Tengo un momento muy bonito esperándome’, declaraba hace apenas unos días el escritor mexicano que ha fallecido a los 83 años de edad.

“La muerte espera al más valiente, al más rico, al más bello. Pero los iguala al más cobarde, al más pobre, al más feo, no en el simple hecho de morir, ni siquiera en la conciencia de la muerte, sino en la ignorancia de la muerte. Sabemos que un día vendrá, pero nunca sabemos lo que es”, dijo en una ocasión Carlos Fuentes.

Sus palabras adquieren ahora un significado especial tras el fallecimiento del escritor, que tal vez haya descubierto ya qué es la muerte, pero que no nos podrá comunicar ese conocimiento de la manera genuina en la que transmitía sus pensamientos.

La obra de Fuentes no habría sido la misma sin esa sencillez de la palabra que nace desde lo más profundo de la conciencia. Tal vez por eso Carlos Fuentes no fue solo un escritor sino un hombre de mundo, tan capaz de relacionarse con dictadores comunistas como de codearse con los empresarios más importantes del planeta. Su palabra y su crítica estaban por encima de perjuicios políticos y sociales porque Fuentes fue alguien que desde el principio sabía lo que quería.

Y así fue hasta su muerte, para la que ya tenía preparada un lugar de descanso en el cementerio parisino de Montparnasse donde, además de otros grandes de las letras –Sarte, Beauvoir, Cortázar, Beckett…- están también enterrados su hijo y su hija.

Durante la década de los 70, Carlos Fuentes compatibilizó su vida política con su vida literaria, en la que trabajó prácticamente todos los géneros, desde el cuento y la novela hasta el teatro, el ensayo y el guión cinematográfico, e incluso el libreto de la ópera Santa Anna, del compositor cubano José María Vitier.

 

 

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