Carancho

CaranchoEstamos siempre debatiéndonos entre la comedia y el drama en nuestras propias vidas de occidentales caucásicos. Entre la comedia y el drama fuera de las pantallas de cine. Aquí, ahora, ayer y mañana. Es una situación un poco paranoica vista desde fuera. Somos todos un poco maniaco-depresivos. O lo es la propia existencia.

Digo esto porque he visto la película Carancho, de Pablo Trapero, a todas luces un drama muy dramático que tiene como sustrato argumental todo lo que se mueve en Argentina alrededor de los accidentes de tráfico, y cuando decimos todo nos referimos al asunto del cobro de seguros, indemnizaciones y trapicheos de picapleitos varios. Así que estamos ante un drama muy interesante, magníficamente rodado. Sin embargo, ponerse serios, muy serios y mantener el tipo dignamente es seriamente complicado.

La película tiene un arranque magnífico y su primera parte me trasladó directamente a Al límite, la película dirigida por Scorsese con guión de Paul Schrader. Me atrevería a decir que si no fue una referencia absolutamente clara para los guionistas entonces el mundo de la casualidad se ha apuntado un nuevo dato en su archivo inmemorial. Digo esto sin ninguna malicia, me parece una referencia muy digna, diría más, una bien elegida influencia. De modo que, al igual que en la película de Martin Scorsese y de Schrader, Carancho retrata una ciudad nocturna y decadente, donde la condición humana está en un continuo debate moral, luchando contra los demonios internos y externos de un mundo sucio y despersonalizado.

Esa reminiscencia de la película norteamericana me ayudó a contextualizar lo que estaba viendo, que no es otra cosa que una película norteamericana rodada en Argentina por argentinos. Lo cual no está mal. Pero es lo que es. No es cine “de autor” en el sentido en que solemos entender éste. Estupendo, nuevamente no tiene nada de malo. Hay cine “de autor” magnífico y también lo hay horrible. Hay cine artesanal maravilloso y lo hay deleznable.

Sin embargo la película tiene algo que la diferencia con un thriller de la misma clase proveniente de Hollywood. Al menos una cosa: la brillantez de sus diálogos. Yo creo que con los diálogos de las buenas películas argentinas ocurre como con las grandes novelas sudamericanas, que los que los escriben tienen un don para el lenguaje. Difícilmente argumentable, para explicarlo habría que hacer un análisis antropológico profundo de su cultura para llegar a entender por qué los escritores sudamericanos grandes son tan grandes y por qué los diálogos de Trapero o de Campanella son tan creíbles, divertidos y elegantes. Para mí juegan en otra liga, la NBA de los diálogos. Claro que también juegan en otra liga sus actores, todos y cada uno de ellos. Empezando por Ricardo Darín, siempre en su justo lugar, mejorando los papeles a los que se enfrenta, lleno de verdad, carismático y fabulosamente atractivo sin necesidad de tener la cara de George Clooney.

No me olvido de que empecé este artículo hablando de la dualidad comedia-drama en la vida y en el cine. Pero para llegar a ello me parecía más apropiado enumerar primero los aciertos del film. Aquello de primero la noticia buena y luego dime la mala. Bien, habiendo dicho que la película tiene un arranque muy potente y añadiendo ahora que mantiene el pulso hasta bien avanzado su metraje, expongo mis dudas acerca de su desenlace pues en el tramo final de la película uno no sabe muy bien si reír o si llorar. Ésta es una de las cosas más complicadas tanto cuando el guionista se enfrenta al drama como cuando se enfrenta a la comedia. Es bien sabido que entre los dos géneros existe una fina línea que los separa y que un pequeño traspiés del guionista-alambrista sobre dicha cuerda cambia completamente la percepción que puede tener el espectador del espectáculo. He de decir, eso sí, que el traspiés no es demasiado evidente en el caso de Carancho pero es indudable que existe al menos un claro titubeo, un movimiento peligroso a muchos metros de altura sobre el alambre.

Todo esto me hace recordar la magnífica idea de Melinda y Melinda, la película de Woody Allen (¿Por qué narices siempre tendré que recurrir a éste?) en la que se plantea abiertamente si la vida es drama o es comedia. A mí me parece un buen tema sobre el que pensar, pero no es menos cierto que en el fondo no es más que un juego que nos podemos permitir aquellos que formamos parte, como diría Eduardo Galeano, del norte del mundo. En fin.

 

 

 

Alberto García

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