Camino a la libertad: Los pasos de la historia

Camino a la libertadParecen tener los cineastas de las antípodas una curiosa y extraña manera de percibir el mundo y la naturaleza, como si verdaderamente se encargaran de rodar sus películas cabeza abajo. Y es en este mismo sentido que Peter Weir, director de la popular “El club de los poetas muertos” o de la aclamada por la crítica “El Show de Truman”, ha orquestado una pequeña expedición interior a lo largo de un inmenso paisaje humano que no debe, ni puede, dejar indiferente a ningún espectador.

La  película narra en clave épica la odisea real de Slavomir Rawicz que encabezó la huida de un grupo de presos de un gulag ruso en Siberia a lo largo de miles de kilómetros  hasta la India. En este largo camino, trazado sin casi ningún tipo de concesión por Weir, no se crea tensión por la existencia de un peligro inminente. Es tan sólo la naturaleza, erigiéndose como auténtica protagonista, la que salva o mata a los caminantes con la misma sencillez con la que un río lava las manos cuando están llenas de barro. No hay persecución de “malos” contra “buenos”, tan sólo el caminar de unos peregrinos que empiezan huyendo de la prisión que otros les crearon y acaban huyendo de las atrocidades que han cometido, de las mentiras, del miedo a abandonar la tierra conocida, de la culpa o simplemente de sí mismos. Este “The way back” (título original mucho más acertado que en la traducción española) supone más que una carrera hacia delante, un fascinante viaje de regreso.

Entre un reparto perfectamente escogido hay que mencionar el inmenso trabajo de un Ed Harris que tiene en su rostro hecho de arrugas en polvo todo el peso del pasado y  a una luminosa Saoirse Ronan que supone la casi única esperanza entre tanto sufrimiento. Es en la relación de estos dos personajes en donde la película alcanza sus mayores cotas de emoción sin caer en ningún momento en la sensiblería de folletín. No se puede decir lo mismo de un sobreactuado y esforzado Colin Farrell, reclamo de masas, pero que sin lugar a dudas acaba siendo lo peor  de toda la función.

El horror más profundo no es la traición de un ser amado, no es morir congelado en las montañas o deshidratado en el desierto, tampoco es estar hacinado en un establo con doscientos hombres ciegos de hambre. Ni siquiera es ver lo que más quieres torturado y sin vida. El horror más profundo es imaginar que un ser amado llevará la culpa sobre sus hombros durante toda la vida y que tú nunca podrás volver a darle un simple abrazo para hacer que se perdone a sí mismo.

Finalmente los muros caerán, la gente olvidará frente al televisor, y uno podrá dejar su huida para, entonces sí, devolver el tiempo a los que nos quisieron. Porque en eso debe consistir vivir: en deshacer el camino andado para que la historia deje de perseguirte y poder al fin regresar a casa.

Roy Fernández Galán

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