Caminar sobre la cuerda floja

Man on wireSe trata de un hombre que caminó por encima de nosotros a 400 metros de altura. Bueno, no éramos exactamente nosotros. Pero aquel “nosotros” también somos nosotros. Sólo que ocurrió en Estados Unidos y en 1974.

Hemos desdeñado el Gesto. Si algo no tiene utilidad pues no importa, se lanza a la papelera de lo colectivo con rango de inutilidad, a ese baúl de lo invisible en el que sólo buscarán los mendigos de lo simbólico. Esa es una visión deprimente que muestra la epidermis más amarga de nuestra sociedad. Pero basta detenerse un momento, en medio de la calle, a la salida del Metro, a la entrada del trabajo. Tengamos un momento de conciencia y consideremos atentamente la posibilidad de la emoción. De considerar la utilidad de lo inútil.

Aquel hombre que caminó por encima de aquellos otros “nosotros”, de nombre Philippe Petit, fue una expresión viviente de lo que puede significar el anti-sistema para algunos, la rebeldía innata para otros, la atracción hacia la muerte o, incluso, el anti-capitalismo. Como gesto anti-capitalista, caminar sobre un cable de acero entre las Torres Gemelas a mí me parece mucho más eficaz que derrumbarlas. Mucho más eficaz y mucho más divertido. Y con el riesgo de una sola víctima.

Es curioso que este asunto del derrocamiento de las torres gemelas no fuera pronunciado ni una sola vez en el documental Man on wire, centrado como ya se ha entendido en la hazaña protagonizada por un tipo que paseó de una torre a otra caminando sobre un cable de acero. Está claro que responde a una clara intencionalidad, una huida de lo que podría considerarse un uso de lo obvio pero que a mi juicio no resulta acertado al menos desde el punto de vista de lo estructural y orgánicamente cinematográfico.

Eso no le resta demasiados méritos a esta historia de necesaria divulgación que supone esta película documental. Y sólo escribir sobre ella me sudan las manos y los pies casi tanto como me sudaron cuando la vi, dada mi archi-conocida fobia a las alturas, popularmente conocida como ese jodido vértigo.

Un documental es contenido y continente. A veces el contenido es mejor que el continente, lo que se cuenta sobre el modo en cómo está contado. No suele ocurrir al contrario y si ocurre, suele pasar desapercibido. De ahí que podamos sacar en claro que una película cuyo contenido no tiene demasiada enjundia no nos rasque apenas el alma. En el caso de Man on wire el contenido supera con creces al continente. Y siendo aún más concretos, el protagonista del documental y su gesto histórico, que son la misma cosa, pues el hombre es lo que hace, se come casi todo lo demás. Y digo casi todo porque si bien él fue el que cruzó el cielo en ese gesto tan inteligentemente infantil, lo logró gracias a un equipo de personas si cabe aún más disparatadas que él.

Un equipo de personas planifica un acto de rebeldía social, un gesto poético cuyo protagonismo recae en un solo individuo y, sin embargo, aparcan sus egos en pro de esa hazaña a todas luces individual. Esa fue una de las cosas que más me impresionó de aquel acto de heroicidad poética.

Puede que lo que nos pase es que estamos necesitados de gestos. Queremos más Philippe Petit, más Cyranos, más tipos que haciendo nada lo estén haciendo todo porque de ese modo nos demuestran lo estéril que supone vivir condicionados por un mundo de dinero que no existe, por la arbitrariedad de la justicia social, por los parámetros azarosos de la historia.

Este hombre no venía de una familia de circo, es un autodidacta del alambre. Un alambrista. A mí me resulta llamativo el simple término. “¿Qué eres?” “Un alambrista”. A qué te dedicas. A perseguir la muerte. A vivir la vida. Vivir para el gesto. Dar algún ejemplo y que cada uno saque sus propias conclusiones. Es una pedagogía loca y hermosa. De Alicia en el país de las maravillas. Su Galimatazo, las Torres Gemelas.

Y las amó. Y las derrotó.

Alberto García

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