Bruce Chatwin, soledad y poco equipaje

Bruce Chatwin“Para quienes el domicilio es sinónimo del proverbial bloqueo del escritor, ingenuamente creen que todo estaría bien con que sólo se hallaran en alguna parte”.

Viajero, novelista y periodista con amplios conocimientos científicos y un espíritu insaciable. Así era Bruce Chatwin, el escritor de las mil caras que no dudó en convertir el desapego en su tarjeta de embarque para entregarse de lleno a la vida.

Los viajes fueron el motor de su escritura. Chatwin sentía que cada viaje era un encuentro con la vida, con los sentidos dispuestos para la aventura y el descubrimiento. Este escritor británico comenzó trabajando como experto en arte para una prestigiosa compañía de subastas, pero un problema en la vista -pasaba horas observando piezas de arte impresionista- le llevó a tomarse unos meses de descanso. Fue entonces cuando decidió ir a Sudán, un viaje que sin duda despertó su interés por la arqueología. Tanto es así que a su regreso a Gran Bretaña se matriculó en la Universidad de Edimburgo. Sin embargo, la disciplina académica no estaba hecha para un espíritu inquieto como el de Chatwin.

Su primera gran oportunidad profesional llegó al ser contratado por el Sunday Times Magazine, donde dio comienzo su carrera de viajero que finalmente le llevaría a abandonar el cargo. Chatwin era un hombre poco dado a echar raíces, a pesar de que, para sorpresa de sus amigos y familiares, contrajera matrimonio a los 25 años. En cualquier caso, el matrimonio con Elisabeth Chanler se caracterizó por ser una relación abierta en la que al escritor se le conocieron amantes de ambos sexos. Y a pesar de que después de 15 años de casado ella solicitó el divorcio, la pareja se mantendría unida durante los últimos años de vida de Chatwin.

Murió de forma prematura y como consecuencia del SIDA -a pesar de que el escritor trataría de mantenerlo en secreto, asegurando que su enfermedad la había desencadenado la mordedura de un murciélago en uno de sus últimos viajes-. Pero también es cierto que Chatwin vivió intensamente. No con rapidez, sino recreándose en cada uno de sus viajes y de sus pensamientos. Disfrutando de esa sensación de renacimiento cada vez que ponía los pies en un punto remoto del planeta para narrar con exquisita sencillez lo que había sido capaz de absorber a través de los sentidos. Como un Robin Hood de las letras, Chatwin le robó millones de experiencias a la vida para entregárselas a los que sólo se atrevieron a conocer el mundo a través de sus escritos.

 

 

 

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