Bomarzo, el parque de los monstruos

El monstruo de Bomarzo“Aquí está todo tu universo cuatrocientos años antes de que se te ocurriera”. Con esas palabras, Andre Breton le enseñaba a Dalí unas fotografías de Bomarzo, un inquietante bosque en el corazón de Italia, construido por orden de Pier Francesco Orsini, duque y mecenas italiano del Renacimiento y descendiente de una de las familias más importantes de la época.

Durante casi treinta años, arquitectos y escultores trabajaron en el proyecto que Pier Francesco Orsini había imaginado: un lugar siniestro, plagado de monstruos y seres imposibles que se integraran en la naturaleza del paisaje. Para muchos historiadores y estudiosos del Bosque Sagrado de Bomarzo o Parco dei mostri -Parque de los monstruos-, Orsini, un ser retraído y acomplejado por su maltrecho aspecto físico, quiso refugiarse en su pequeño universo de figuras fantásticas, creando una nueva mitología en la que no sentirse fuera de lugar. Sin embargo Bomarzo, más que un lugar dedicado al miedo es un reducto de sufrimiento. Las esculturas que lo decoran también reflejan el profundo dolor del príncipe Orsini tras la muerte de su esposa Giulia Farnese. A ella estaba dedicado este parque en el que se entremezclan los miedos y la soledad de un hombre que, al poco de perder a su esposa también había perdido a su primogénito.Casa inclinada

Este mundo de fantasía fue diseñado por el arquitecto Pirro Ligorio, uno de los sustitutos de Miguel Ángel en la construcción de San Pedro del Vaticano. Ligorio siguió al pie de la letra los deseos de Pier Francesco y Bomarzo se convirtió no sólo en la construcción de unos jardines sino en todo un proyecto de vida. Las obras duraron casi tres décadas. Treinta años en los que los escultores y arquitectos se esmeraron en transformar la zona arbolada en una especie de zoológico de seres de otro mundo elaborados con la piedra volcánica del lugar, el peperino.

Mucho se ha escrito acerca de la disposición general del parque, de la relación de sus dimensiones y de los mensajes ocultos en las esculturas que lo decoran. Bomarzo parece esconder un sentido, una lógica que va más allá de esas primeras impresiones que acompañan al paseante cuando, en mitad de un sendero se encuentra con un ser de dos cabezas, ogros, furias y arpías o seres imposibles. Al parecer, existe una clara influencia alquímica en el diseño de muchos rincones del jardín como la inhabitable “casa inclinada”, sobre cuyo dintel puede leerse Animus quiescendo fit prudentior ergo (“Para que el alma gane en prudencia, hay que buscar la tranquilidad”) o la enorme cabeza del dios marino Glauco, con símbolos de los arcanos del poder y la palabra Universalita en la corona que luce. Pero sin duda, una de las imágenes más representativas de este parque, cuya línea podría encajarse en una corriente del Renacimiento tardío italiano, en la del monstruo con la boca abierta que parece devorar al visitante que se adentra en su garganta. Tras las fauces de la bestia se encuentra una sala circular, oscura como la muerte, porque ingresar en ella es, en cierto modo, desaparecer. Sobre el dintel de esta puerta-boca, una frase sentenciosa: Ogni Pensier Vola (“Todo pensamiento es fugitivo”). Una frase ésta que poco tiene que ver con el carácter de Orsini y con ese sentimiento de desasosiego que habría de acompañarle hasta sus últimos días.

 

 

 

 

 

 

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