Billy “Dios” Wilder

Tony Curtis y Jack LemmonHace pocas semanas una lista de las mejores películas de la historia confeccionada a partir de los votos de 100 cineastas del ámbito hispano daba uno de los lugares del podium a El Apartamento, de Billy Wilder. Algunas veces, sólo algunas y en ocasiones muy raras, se hace justicia.

Cuando escribo esto ha pasado un día del fallecimiento del actor Tony Curtis, quien, según la nota de prensa, hizo unas cien películas en cincuenta años de carrera. Cien películas. ¿Cuál nos viene primero a la cabeza? Está claro, ¿no? Con faldas y a lo loco. Creo que eso, el haber tenido un papel protagonista en una de las mejores comedias de la historia del cine ya debe de suponer para un actor una satisfacción tan plena que uno tiene que haber sentido haber cumplido con su propósito profesional en la vida.

No soy nada supersticioso ni tiendo al esoterismo barato pero creo sinceramente que hay gente a la que le va bien y gente a la que le va mal en la vida, aquello de la buena y la mala estrella. Es cierto que la suerte te la trabajas, que uno tiene que estar preparado para el momento en que se den las condiciones apropiadas para que surja algo realmente bueno en tu vida, pero con eso y con todo, hay gente que tiene suerte y otros que no. En el caso del maestro Billy Wilder es bien sabido que vivió momentos duros en su temprana juventud, que apenas tenía dinero y que ejerció trabajos varios que nada tenían que ver con el cine antes de emigrar a Estados Unidos. Pero no es menos cierto que luego su carrera cinematográfica gozó de una enorme popularidad y de las alabanzas de la crítica. Billy Wilder creo que representa el mejor ejemplo de convivencia entre ambos sectores, habitualmente dispares, el público y la crítica.

La obra de Billy Wilder es tan buena que justifica en sí la existencia del cine. Si no hubiera existido este guionista-director, habría que haberlo inventado. Su cine recorre prácticamente todos los géneros y sin embargo cuando pensamos en él pensamos en un director de comedias. Y yo me quedo con éstas. Aunque reconozco la enorme valía de películas como El gran carnaval, Perdición, En bandeja de plata, Sunset Boulevard, cuando pienso en Wilder de lo primero que me acuerdo es de Con faldas y a lo loco, El apartamento (si se le puede llamar “comedia”), Primera plana o Irma la dulce.

Alcanzó Wilder, el niño al que su madre vestía de niña, el que huyó de la alemania nazi, el que ejerció de bailarín, el que no fue recibido para una entrevista por Sigmund Freud, el grado mayor de hondura psicológica y social al que puede aspirar una comedia. Porque, como ya he dicho en otras ocasiones (aunque el que yo diga algo no tiene la mayor importancia) la comedia es una cosa muy seria. Al menos, en términos wilderianos.

Tipos que se tienen que disfrazar de chicas para poder escapar de una muerte segura y para no tener que empeñar más sus abrigos en el duro invierno, un señor que se gasta todo su dinero en una prostituta para que ésta no tenga que yacer con otro que no sea él, un tipo que cede su apartamento a sus jefes para poder escalar en el organigrama de la empresa… Wilder nos dejó un sinfín de personajes tan adorables como patéticos, construidos con la misma argamasa que la sociedad injusta y esquizofrénica en la que vivimos. Personajes que no son otra cosa más que humanos, nacidos de la pluma de alguien a quien otro puso a la altura de un dios pero que no era más que otro hombre más a quien su madre vestía de niña y a quien Sigmund Freud rechazó (y de quién se vengó por cierto en algunas de sus películas con atinadas y divertidísimas críticas al psicoanalisis).

El cine de Wilder bebía de las fuentes de la vida decadente, se nutría de nuestro injusto esquema social, indagaba en nuestras más terribles y humillantes miserias, ya fuera en tono de comedia o de drama, pues el género no era más que la excusa, el marco adecuado donde hacer posible evidenciar nuestra propia decadencia moral.

La personalidad cinematográfica de este hombre era tan inmensa que el propio Woody Allen contaba en una entrevista que en una ocasión se encontró con él en un restaurante y Wilder se le acercó para decirle gracias por las cosas tan bonitas que había dicho sobre él. Woody contaba que no pudo responder nada, se quedó sin palabras ante tal comentario proveniente de ese genio del cine. Repito: Woody Allen se quedó sin palabras. Seguramente uno de los cómicos que mejor han sabido utilizarlas.

Fernando Trueba dijo que él no creía en Dios, que sólo creía en Billy Wilder. Cuentan que después de tal discurso en la gala de los óscar, Wilder le llamó por teléfono y le dijo: “Hola, soy Dios”.

Billy Wilder, nuestro dios pagano para los que entendemos el cine, y más concretamente la comedia, como una forma de vida.

 

 

Alberto García

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