‘Bestias del sur salvaje’

Bestias del sur salvaje

O me la han vuelto a colar o he perdido el corazón.

No llorar con una película explícitamente pensada para ello no es síntoma de ser una desalmada. Las salas de cine están repletas de espectadores llorando por el realismo de películas como Lo imposible que una vez que salen a la calle son de la opinión de que no hay que suspender una cabalgata de Carnaval porque una de las candidatas a Reina se haya quemado más de la mitad de su cuerpo en una gala que ni siquiera se detuvo tras el incidente. Los seres humanos tenemos esa capacidad de bloquear sentimientos de culpa, pena o solidaridad y a veces el cine tiene la llave para sacarlos de su escondite, aunque sea por los pelos, obligándonos a emocionarnos porque es lo que se espera de nosotros.

Yo no me he emocionado con Bestias del sur salvaje, esa película que, según la crítica, tendría que haberme revelado todos los secretos del Universo a través de la voz en off de una niña que, por la profundidad de sus pensamientos y por su forma de expresarse, parece que ha vivido mil vidas en mil mundos diferentes.

Intentaré hacer una sinopsis conforme a lo que he visto en la pantalla, porque para las interpretaciones metafísicas ya existen otras páginas de referencia, con las opiniones de verdaderos expertos en la materia. Pero si alguien ha visto algo más, algo que esté ahí sin necesidad de elucubraciones -como que es una revisión metafórica del mundo después del huracán Katrina- agradecería que me lo hiciera saber. Lo de que esté nominada a los Oscars en cuatro categorías -entre ellas, mejor película y mejor actriz- no necesita demasiadas aclaraciones: es una cinta independiente que triunfó en Sundance y en otro puñado de festivales por ser un alegato anticapitalista, defensor de la naturaleza y de la libertad y -no menos importante- protagonizado por una niña negra –Quvenzhané Wallis- que, además, se ha convertido en la actriz más joven con una nominación a los Oscars.

El asunto es el siguiente: en un mundo pre o postcapocalíptico -cualquiera de los dos me sirve-, una niña de seis años nos muestra a través de su mirada y de sus inteligentísimas reflexiones -dignas de un Nobel más que de un Oscar- cómo es la relación con su padre -un borracho-, con las personas de su entorno -un montón de borrachos- y con el lugar en el que vive -‘La bañera’, un auténtico estercolero de miserias-. La película parece romper una lanza a favor de las relaciones humanas -de lo buenos que podemos a llegar a ser todos-, de la resistencia -depende de lo feas que se pongan las cosas-, de la participación en la vida en comunidad -aunque no seamos capaces ni de ir a votar cada cuatro años-… En definitiva, es un manual de supervivencia que en mi opinión no es demasiado esperanzador, porque a los habitantes de ‘La bañera’ no parece salvarles ni el orgullo de haberse mantenido al margen del mundo ‘maligno’ -están demasiado borrachos para ser conscientes de su triunfo moral-.

Este mejunje de lágrimas está untado en una rebanada de fantasía que no tiene sustento alguno y que se hace migajas antes de que te de tiempo de llevártela a la boca.

Por todo ello, el bombo que se le ha dado a esta Bestias del sur salvaje tiene toda la pinta de ser más una estrategia para limpiar la conciencia social de los espectadores -especialmente de los norteamericanos- como también ha sucedido con La noche más oscura. O eso o tengo el corazón envenenado por un exceso de realidad en mi vida cotidiana.

 

Celina Ranz Santana

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