Beber para contarla

Bebida

Primer plano. Una rubia con rostro angelical y ojos de un azul insondable. La mirada perdida en el horizonte. Un muelle, un atardecer y la brisa marina que revuelve sus cabellos. Plano general. La misma chica, el mismo atardecer, el mismo mar y una lata de cola. Hace ya tiempo que los objetos dejaron de ser simples agregados en cada fotograma. El cine nos tenía acostumbrados a este tipo de ataques publicitarios que desde hace algunos años han contaminado las series televisivas. ¿O habrá ocurrido al revés?

 La graciosa familia televisiva desayuna en la cocina del hogar. Tal vez no recuerdes lo que sucedió en el capítulo anterior, pero no olvidarás jamás que bebían la leche tal y comían las galletas cual. Y es posible que la próxima vez que vayas al supermercado te encuentres cambiando la marca de tu pasta de dientes porque de repente ha dejado de gustarte.

El adjetivo subliminal ha sido borrado del ámbito de la publicidad y los expertos ya le han puesto nombre al fenómeno. Para curarse en salud, y echando mano al diccionario de inglés – por eso de que suena más chic – han acuñado el nombre de placement. Una manera sutil de obviar laCódigo de barras realidad y de seguir adelante con una fórmula publicitaria alegal, en la frontera entre lo moralmente correcto y lo económicamente rentable. Así, la publicidad se entromete en nuestro quehacer cotidiano, se introduce sin permiso en nuestros hábitos y opiniones, se desliza a través de nuestros sentimientos, y una vez acomodada en el subconsciente nos moldea a su gusto, a su imagen y semejanza sin que ello despierte en nosotros ni la más mínima sospecha. Ahí donde perdemos la noción de realidad, donde inconscientemente ya no somos dueños de nuestros actos, ahí precisamente es donde está actuando la publicidad, con cualquiera de sus variantes, de sus nombres, apellidos y parentescos.

Sin ir más lejos, yo me deleitaba en el sabor burbujeante de una famosa marca de cola mientras escribía este artículo. Me transportaba con mi ordenador a un muelle, a un atardecer y a la brisa marina desordenándome los cabellos. Y entre sorbo y sorbo se iba concretando esa certeza de que parte de nuestra realidad se resume en tres palabras: definitivamente, beber para contarla.

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Vagabundo Pérez

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