Avatar, tan solo una película

AvatarAlberto García

Me pasé toda la semana deseando ir a la feria. La feria moderna, la que te hace creer que estás volando y corriendo riesgos propios de una aventura de ciencia-ficción. Me pasé toda la semana dándome cuenta de que quería ver una película que tenía que ser otra cosa. Una película que no sería una película.

Antes de ir a ver Avatar pensaba que no me iba a enfrentar a una película convencional, estaba ansioso por ver un espectáculo de otra clase, más propio de un parque de atracciones de ciencia-ficción. Me atraía poco la idea de dejarme llevar por una historia con su argumento, su sugestividad fotográfica o la calidad de sus actores o su hondura moral. Pensaba que Avatar no podría calificarse como película. Tenía que ser otra cosa. Habría que encontrar un nuevo término para determinar qué tipo de arte es esto. Desde luego no una película.

Sin embargo, desgraciadamente, Avatar es una película. Tiene su argumento, su fotografía, sus actores y su aspecto moral. Y como tal la juzgué. Tengo la costumbre de tratar de no leer críticas de la película sobre la que voy a escribir en esta sección semanal. Queda dicho para los restos. De manera que mi opinión, más o menos acertada, no está en absoluto influenciada por ningún crítico cinematográfico remunerado (sí escucho las opiniones de mis amigos, por supuesto). Avatar me decepcionó fundamentalmente porque era una película y yo pagué 10,50 euros en tiempos de crisis para meterme en una realidad virtual, para caminar sobre los árboles con mis amigos azules y para que me sudaran las manos al mirar hacia abajo por el riesgo de caer hacia un precipicio de longitud imposible. Pero las manos no me sudaron. No sentí que estaba caminando por ningún árbol y desde luego lo único que voló de mi persona fueron los diez euros con cincuenta. Curiosamente, no sé si esto le habrá ocurrido al resto, donde mejor percibí el efecto tridimensional fue en las partes de la historia rodadas sólo con actores reales. Es un efecto divertido, curioso, Sigourney Weaver puede estar más cerca de ti que el otro o viceversa pero en el fondo ese efectillo me resultó un tanto cutre. Siento meterme en polémicas con los posibles defensores de este tipo de efectos novedosos tecnológicamente pero la verdad es que ese efecto no es más que un juego de artificio, no invita a una honda sugestión sensorial. Es, en el fondo, algo meramente estético.

Lo que yo sea o piense a nadie le tiene por qué interesar un carajo pero creo que se hace necesario para argumentar mi tesis decir que no tengo nada en contra de este tipo de juegos visuales y sensoriales. Al contrario. Yo quería volar, me importaba tres pimientos la hondura cinematográfica, la arquitectura del guión o el diseño de personajes. Yo quería volar. Y no volé. Así que no me quedó más remedio que juzgar (qué termino más desagradable) la película como tal. Pues bien, la película como tal es difícil de juzgar porque está entre dos tierras. Se mueve entre una necesidad imperiosa de innovar en lo digital y mientras, contar una historia al uso, con su principio, su medio, su final, sus personajes que evolucionan dentro del arco que marca la ortodoxia guionística americana, etcétera. Yo le quito todas las capas a la cebolla para quedarme con lo que para mí es el corazón de la historia, su alma, que no es otra que el fundamental y fascinante mensaje ecológico. Esto me gustó. Me gustaron sobremanera las acertadísimas metáforas de que está llena esta historia para transmitir un mensaje de espiritualidad y de conciencia del mundo en el que vivimos, de comunión con los seres que nos rodean. Me refiero por ejemplo a la unión entre los nav’i y los bichos alados o a aquel árbol que guardaba las voces de sus ancestros. En esto de las metáforas los americanos son unos expertos. Cuando veo películas de grandes maestros americanos de la narrativa cinematográfica como es el caso de Spielberg o el propio Cameron, tengo la impresión de que si bien tienen grandes carencias culturales como quizás no tengan otros autores europeos, sudamericanos o coreanos, por otra parte son capaces de potenciar hasta el límite la esencia de lo que quieren contar utilizando la metáfora y otros recursos estilísticos que quizás otros cines no han conseguido. Esto los hace más esenciales y menos pretenciosos. Porque a veces saber mucho puede ser un problema si eres un artista.

Seguiré respetando mucho a este cineasta que creo honesto e inteligente y creo que Avatar es tan sólo el comienzo, un mero ensayo de lo que será el cine comercial del futuro.

 

 

Alberto García

 

 

 

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