Autoepitafio

Gracias, Mr. Hawking, por infundirme lo ya intuido… pero sigo sin enterarme.

Un simple átomo es un miserable sistema planetario, con electrones girando enloquecidos alrededor de un sol central de protones y neutrones, que controla órbitas, estaciones, calendarios y una muy subjetiva y extraña media del tiempo. Pero ¿cómo se miden horas minutos y segundos en otra galaxia a varios millones de años-luz de mi Seiko de cuarzo, si allí no tengo referencia horaria por la rotación sobre mi eje, ni mi traslación de casi un año mal contado alrededor de un astro que va de estrella?

Y la vida; un extraño milagro asentado en un insignificante electrón que orbita, con su carga negativa, alrededor de un núcleo que amanece a primera hora y se esconde con la ostentación de magníficos atardeceres para poetizar miserias diversas y expresiones de fatua felicidad humana en una contemplación fugaz y paupérrima.

Este átomo, que necesita microscopio electrónico para ser visualizado, solo existe en la excelsa investigación de un laboratorio especializado, y forma, con otros muchos millones, una molécula: la mínima expresión a la que se puede acceder mediante técnicas físicas.

Contemplo las moléculas apelotonadas formando partículas. Minucias concretas, pero ya visibles, que también se juntan para formar materia, objetos, sustancias, elementos, seres humanos y otros animales, vegetales y minerales.

Infinitesimal configuración de mi entidad personal, habitante de un microcosmos percibido como inmenso planeta que apenas es un electrón negativo de vida efímera. ¡Cómo de breve y minúscula es mi existencia!, un simple regalo de cumpleaños que se extingue apenas amanecido.

El espacio sideral que consideramos infinito quizá apenas sea una gota de lluvia, o el ala de una mosca, o la simple lágrima llorada de un niño que pertenece a otra dimensión donde este electrón llamado Tierra da vueltas dentro de un átomo imperceptible para el gigantesco bebé llorón.

Y así pudiera ser sucesivamente: que el mundo que habita el pequeño recién nacido fuera parte infinitesimal de un cosmos que, a su vez, estuviese integrado en otro orden superior… y así infinitamente.

Viaje que también podría contemplarse en sentido contrario. Es decir, en lugar de abajo arriba, reproducimos en el microscopio nuestros mínimos sistemas planetarios, configurados en estructuras moleculares que se enlazan en partículas aglutinadas, para formar materiales tangibles que conviven con nosotros como si fuéramos los amos de la creación.

Misterios insondables como el concepto de vida. La milagrosa complejidad de un organismo vivo podría ser el diseño científico inspirado en una energía vital, solo explicable desde elucubraciones esotéricas. O también, producto de una imaginación única y etérea que sustituyera la existencia real por una entelequia virtual creada desde un estado mental cargado de esa energía que no se crea ni se destruye, sino que cambia de un estadio a otro, se pasea, juega y se divierte manejando muñecos colgados de hilitos para crear biografías.

Estoy satisfecho con el traje que se me prestó para actuar sobre este esporádico escenario. No como disfraz, sino en formato humano para dotarme de una identidad física como contenedor de sentimientos personales, ideales, valores, inquietudes, pensamiento, miedos, ilusiones, amor, pecados capitales y de los otros… sensación de saberme eventualmente vivo y que cuando tenga que devolver mi atuendo de actor, porque se terminó la función, lo haré con el orgullo de haber cumplido mi papel dentro del guion, y con la satisfacción de seguir sintiéndome amado y admirado por quienes yo tanto amo y admiro en este extraño presente de indicativo, primera persona del singular…

Ese día, mi agradecimiento será para quien corresponda, por este breve pero gran privilegio, y por no permitir que nada ni nadie “me quite lo bailao”.

 

 

Carlos Castañosa

elrincondelbonzo.blogspot.com

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