‘Aunque seamos malditas’, el fuego que nos consume

Aunque seamos malditasNo es el best-seller del momento. De hecho, hace ya un par de años que Eugenia Rico publicó este libro que va dando saltos entre el pasado y el presente, lo real y lo imaginario, para rendir homenaje a las ‘mujeres malditas’ que ardieron en la hoguera por tener un corazón de fuego.

 

Pero sí es un ‘libro del momento’. Un libro del ahora, construido sobre el antes y orientado hacia el después. Porque Aunque seamos malditas nos cuenta la historia de dos mujeres separadas en el tiempo y unidas por lazos de sangre, de historia y, sobre todo, de fuerza. Y sus vidas, salvando esas distancias temporales, pertenecen a todas las épocas y a todas las partes del mundo.

Por esta novela circulan personajes que pertenecen al mundo de la realidad pero que, por un motivo o por otro, tienen siempre puesto un pie en la fantasía. Como si en Aunque seamos malditas las puertas entre ambos mundos nunca llegaran a cerrarse del todo. Este paralelismo se instala en la propia historia de las protagonistas, cuyas puertas permanecen siempre abiertas a la espera de que suceda algo, al mismo tiempo que permanecen recluidas en su espacio interior por temor a lo que les pueda suceder.

Son ‘mujeres malditas’ porque el mundo les ha impuesto esa condena, porque iniciaron una lucha para la que los otros no estaban preparados y se aventuraron a ir más allá de lo que la condición femenina les permitía.

En este sentido, Rico nos muestra que las ‘brujas’ de antes no son tan distintas de las ‘brujas’ de ahora. Ni tampoco quienes las persiguen.

Ainur regresa al pueblo de sus abuelos después de haberse visto implicada en un caso de acoso sexual por parte de su ex jefe. Durante este retiro por tierras gallegas, huyendo de la prensa y de sus propios fantasmas, decide retomar una investigación sobre Selene, una joven que fue perseguida por la Inquisición, acusada de brujería. Los paralelismos en la historia de estas dos mujeres irán construyendo el relato de sus vidas. Tradición, superstición, miedos, hipocresía, injusticia… son los temas que se van solapando en el descubrimiento de la identidad de Ainur y Selene, que parecen presentarse a través de una tercera voz metaliteraria, a pesar de que es la investigadora la que lleva el hilo conductor del argumento.

Pero Ainur no habla por ella, ni por Selene. Habla por todas las mujeres, trasciende los límites de su aldea, la frontera del tiempo que le ha tocado vivir, los matices de sus problemas particulares. Y es así como termina convirtiendo su investigación en una novela, en una historia que no se sustenta en fechas, hechos o testimonios, sino en sentimientos.

Ainur prende su fuego interior al comienzo de la historia y contagia con él todo lo que le rodea, lo dota de vida y de identidad mientras intenta desesperadamente reconocerse en algo o en alguien. Pero, como suele pasar, es más fácil resolver los problemas de otros -aunque hayan pasado hace varios siglos- que enfrentarse a los propios, y más aún cuando el terreno sigue siendo arcaico y hostil. Sin embargo, lo que no sabe Ainur es que es más fuerte de lo que imagina. Cuando el mundo se reduce a cenizas, Ainur resucita de entre sus sombras. Más poderosa. Más maldita. Más mujer, al fin y al cabo.

 


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