‘Atrapados en Chernóbil’

Atrapados en ChernóbilTerror adolescente que hace aguas.

Por una desafortunada casualidad, acabé sentada en la butaca viendo esta película cuando mi voluntad era ver Frankenweenie, uno de esos estrenos con los que llevaba dando la lata desde hace meses. Pero la copia de la película de Tim Burton no llegó a tiempo al cine y por eso del ‘ya que estamos aquí’, entramos en la única película cuyo horario cuadraba con la hora a la que habíamos llegado a la taquilla.

Así que de Frankenweenie pasamos a Atrapados en Chernóbil, imagínense ustedes el negocio. He de reconocer que en los primeros diez minutos de película -después de caer en la cuenta de que ya había empezado y no se trataba de otro trailer- llegué a albergar alguna esperanza de que mi inversión monetaria -con descuento del día del espectador- no hubiera sido en vano. Pero a la que aparecen los primeros clichés de escotes pronunciados, flautiperro flipado y frases ‘tevoyaexplicartodo’ del tipo “eres mi hermano y has venido a verme”, entendí que la película era tan ruinosa como el escenario en el que había sido rodada.

Probablemente, y aunque solo sea por forzarme a encontrar algo positivo en la cinta dirigida por Bradley Parker y con guión y producción de Oren Peli -director de Paranormal Activity en 2007-, lo mejor de la película es el escenario, por eso de que la decadencia y el abandono tienen tanto de terrorífico como de romántico. Por otro lado -y ya es hacer un esfuerzo verdaderamente grande para sacarle algo bueno-, me agrada la idea de que el director no haya caído en la trampa de que para hacer una película de este género haya que mostrar la historia a través de la mirada subjetiva de la cámara que porta uno de los personajes, recurso cansino donde los haya y que me marea bastante.

Ahora sí, toca despotricar. Potencialmente entretenida, aunque solo fuera por la ambientación y por arrancar de una historia que todos conocemos -el desastre de Chernóbil- algo que va más allá del misterio, resulta que Atrapados en Chernóbil termina siendo un producto predecible, inconexo y aburrido. Desde que el grupo de jóvenes protagonistas pone un pie en la abandonada ciudad de Pripyat -en la que vivían los trabajadores de la central hasta el día del desastre- no hay ni una sola decisión que tomen con un mínimo de sentido. La película avanza porque tiene que tener un final, un final que, además, ya todos conocemos. Pero en realidad solo es parte de ese bucle de estupidez en el que con frecuencia entran este tipo de películas.

Como colofón final, unos créditos bastante convencionales con música estridente y a toda pastilla. Lo único que me dio por pensar cuando se encendieron las luces fue “anda que se habrán quedado a gusto el director y el guionista”…

 

 

Celina Ranz Santana

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