Aronofsky

El LuchadorNo se preocupe, señor Julio Ramírez, no se preocupe. No, no es necesario, en serio. Créame, usted puede. No, no, puede irse usted tranquilo. Tiene usted tantas posibilidades como el que más de conseguir el éxito a pesar de su nombre. El nombre no importa. Mire a Darren Aronofsky.

El nombre de este director no facilita precisamente su recuerdo. Y el recuerdo de algo lo es todo en esta vida. Pero también me sucedió con M. Night Shyamalan la primera vez que vi su firma en los créditos de El sexto sentido. Y quién lo va a olvidar ahora.

El caso de Shyamalan es similar en cuanto al asunto nominal al caso Aronofsky, pero ahí acaban los parecidos porque, en conjunto, las carreras de ambos no pueden estar “gestionadas” de forma más diferente. La filmografía del primero navega por las aguas de lo fantástico  pero siempre sin perder de vista la orilla. Su cine es tan deslumbrante porque aúna de manera poética lo enigmático, misterioso, oculto, con la condicionalidad terrenal que nos caracteriza. En el fondo, lo fantástico es sólo una mera excusa para hablarnos de nuestra fragilidad de seres que aman y padecen.

Por el contrario la carrera de Aronofsky es más errática, no parece estar afianzada sobre ningún precepto. Parece más bien uno de aquellos estupendos directores de oficio del Hollywood clásico que bien podían hacer una película de aventuras como una de cine negro. Si es que los géneros existen, ya me entienden.

Es difícil clasificar la trayectoria de este aún joven director porque es difícil encontrar nexos comúnes entre una historia claustrofóbica e inquietante como Pi, la gramática posmoderna de Réquiem por un sueño, la cuestionable trascendentalidad de La fuente de la vida y la visión del fracaso personal de El luchador. Aunque esto sólo tiene interés como curioso de la génesis de lo artístico y de la naturaleza creativa, ya que como espectador importa un carajo. Porque, cuando uno ve una película, está viendo una película.

Yo, si tuviera que elegir una, quizás me quedara con la sospechosa La fuente de la vida y creo que me quedaría con ella por el poder de la mirada, que es lo que posiblemente caracteriza a este director. Y lo que, en definitiva, diferencia a los creadores auténticos de los impostores. La mirada es la que marca la diferencia porque en ella está contenida el autor y su universo. Importa menos que ese universo, que ese “contenido”, esté dotado de mayor o menor fuerza porque si hay una mirada honesta, ese cine destilará honestidad.

Lo que le ocurre a El luchador es que es una película bastante irregular a mi juicio, porque la mirada del realizador no aparece siempre a lo largo de su metraje. Está en algunas zonas y las ilumina de manera inteligente y, en concreto, con gran destreza y belleza cinematográfica. Lo que solemos llamar cine puro. Que es aquello que caracteriza al cine y lo diferencia de los demás artes. Hablo, por ejemplo, de la escena en que Ram, el protagonista, avanza en plano secuencia por la trastienda de un supermercado y se encamina hacia la tienda donde por primera vez se va a quitar su rol de superestrella de medio pelo para convertirse en charcutero. La tensión imprimida a esa escena montada con el sonido de un combate es verdaderamente magistral y podría haberla firmado Martin Scorsesse. Hay varios elementos a lo largo de la película que revelan una gran inteligencia desde el punto de vista del guión y la realización. Pero como dije antes, son sólo algunas áreas. Las escenas que hacen decaer la historia son las que están aparentemente más sometidas a la taquilla, las que se balancean hacia el lado del melodrama, que hacen dar al conjunto la apariencia de película de media tarde de televisión.

Sin embargo, yo me lo pasé bien. Porque habla del fracaso, que es uno de mis temas favoritos y creo que uno de los grandes temas del cine y la literatura. Porque está Mickey Rourke, graciosamente desagradable y cumpliendo a la perfección con la imagen que seguramente gestó en su cabeza el señor Aronofsky. Porque está Marisa Tomei y está además al completo o casi, lo cual es en sí mismo un aliciente. Aparte de su capacidad interpretativa, claro. Y por los numerosos pequeños elementos de guión que expresan la esencia –o una de ellas- de esta película, que es el tema de la autenticidad. Porque esta película trata sobre un tipo que no tiene nada auténtico a lo que agarrarse, porque su vida sobre el ring es una coreografía, una impostura, un teatro que pasa por ser real. Y su vida abajo es, si cabe, más falsa aún. Sin embargo, el personaje se da cuenta cuando ya no hay vuelta atrás de que la autenticidad es la que uno se construye y no importa lo que digan las apariencias. Y decide meterse en el teatro.

Porque toda la vida es sueño y los sueños, sueños son.

 

 

 

Alberto García

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