Apaga y vámonos

Viejo aparato de televisión

Con esto de la nueva Ley de Financiación de RTVE tengo la impresión de que nos va a salir más caro el collar que el perro. Ahora resulta que vamos a tener el privilegio de disfrutar de una televisión pública sin publicidad, pero que indirectamente vamos a costear como una televisión de pago. Que vamos a ponernos al nivel de muchos países europeos con una programación de calidad y sin interrupciones. Que vamos a presumir de nuestra televisión como abanderada de la libertad de las comunicaciones y de un servicio público a la altura de los ciudadanos. Y a mí que me da por pensar que seguiremos tragando la misma basura que hasta el momento sólo que ahora, además, pagaremos la consumición.

 Apaga y vámonos. Si total, para lo que hay que ver, prefiero no tener nada. Por todos es sabido que la televisión, al igual que la mayoría de los medios, no es más que un instrumento de manipulación de la conciencia colectiva. No me creo ni una palabra. Da igual quien nos gobierne, porque el discurso narrativo del ente público parece escrito por el mismísimo Julio César: mucha verborrea para hablar sobre los logros de quienes “piensan” por nosotros y charlatanería hueca para encubrir sus fracasos. El resultado es matemática pura: uno menos uno igual a cero. Eso es lo que me aporta la televisión de todos los españoles.

Hay quien se atreve a comparar la nueva forma de financiación con el sistema británico, pero es más que presuntuoso equipararse a una programación de calidad como la de la BBC. Si el ente público ha arrastrado una importante deuda económica durante todo este tiempo es por este fallo en origen: a la audiencia no le resulta atractiva su oferta. Y partiendo de esta base, ¿qué más dará quién financia esa programación que nadie ve?

No le quitemos mérito a la historia de RTVE, porque evidentemente hay que reconocer su papel pionero en las comunicaciones de nuestro país. Pero a estas alturas, cuando cualquiera es capaz de montar una emisora y ofrecer su propio mePlató de televisiónnú, valdría la pena preguntarse qué sentido tiene una televisión que ya no supone una garantía de información para los ciudadanos, que no genera más que deudas y debate político entre lo que se dice y lo que se calla, y que además, a partir de ahora, nos va a costar un poco más a todos. Probablemente la calidad de lo que estamos dispuestos a consumir no esté reñida con la fuente que la financia. Para ofrecer un buen producto lo que hace falta son buenas ideas y la exclusión de la publicidad como fuente de financiación no garantiza un cambio radical en la producción del grupo público. Pero como en este país lo menos importante es siempre lo que corre más prisa por hacerse, resulta que la nueva ley de financiación se tramita por vía de urgencia, como si ahora se nos fuera a ir la vida en ello.

Probablemente sea necesario el cambio y la adaptación a un nuevo modelo de televisión pública, pero no a ciegas, sin saber hacia dónde nos conduce todo esto, o terminaremos cagándola como siempre, viendo como el edificio se tambalea porque todos quisieron invertir en las bonitas cristaleras, pero nadie se preocupó por los cimientos. Así nos va, que presumimos de progres y al final pagamos el pato todos juntos, en comuna.

 

 

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Vagabundo Pérez

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