Antonio Machado, el poeta modernista del 98

Antonio Machado“Y cuando vino la muerte, el viejo a su corazón preguntaba: ¿Tú eres sueño?¡Quién sabe si despertó!”

Sólo los grandes poetas son capaces de sembrar sus versos en el futuro y trascender, con la sencillez de sus palabras, el momento que les tocó vivir. De esta manera, Antonio Machado se convierte en uno de los inmortales de la Literatura, haciendo camino al andar y, sobre todo, al escribir.

El 26 de julio de 1985 nacía en Sevilla Antonio Machado. En esta ciudad pasaría la mayor parte de su infancia -época que recuerda en muchos de sus poemas- hasta que por motivos profesionales su familia se traslada a Madrid. Machado pertenecía a una familia liberal de profesores, médicos y estudiosos, algo que influyó notablemente en la formación académica del poeta, que completaría en la Institución Libre de Enseñanza. El ambiente del lugar animaría a Antonio y a su hermano Manuel a participar con asiduidad en tertulias literarias, asistir a espectáculos teatrales y entablar amistad con jóvenes que compartían las mismas inquietudes artísticas. Sin embargo ha de interrumpir en varias ocasiones sus estudios debido a las dificultades económicas de la familia, por lo que finalmente emigrará a Francia, donde trabajará como traductor en la Editorial Garnier al tiempo que iniciará una carrera literaria junto a su hermano Manuel. Además, conocerá a importantes personalidades de la Literatura, como Oscar Wilde.

Sin embargo, lo que cambiaría el rumbo de su vida como poeta estaría por suceder de vuelta a España, tras obtener una cátedra en el instituto de Soria, ciudad en la que conocería a Leonor Izquierdo y de la que se enamoraría a pesar de la diferencia de edad entre ambos. El 30 de julio de 1909, en la iglesia de Santa María La Mayor de Soria, Leonor -de tan sólo 15 años- y Antonio Machado -de 34-, contrajeron matrimonio.

Durante un viaje a París con motivo de ampliar sus estudios, Leonor es ingresada en un sanatorio después de haber estado tosiendo sangre. Enferma de tuberculosis -una enfermedad muy común en la época-, Leonor regresa a Soria con su esposo, siguiendo el consejo médico de vivir en un entorno en el que se respirara aire puro.

Pero los meses pasan y el estado de la joven empeora ante la desesperación de un Antonio Machado que parece calmar su pena a través de la literatura. A un olmo seco se convierte en uno de los poemas de amor más perfectos de nuestra literatura, en el que se fusionan la dolorosa intimidad del poeta y sus pensamientos filosóficos acerca de la vida y la muerte.

Finalmente, el 1 de agosto de 1912, a los 18 años de edad, Leonor Izquierdo fallece y Machado abandona las tierras castellanas para establecerse en Baeza y continuar allí su carrera docente. Pero el poeta nunca abandonaría aquellos paisajes que ese mismo año retomaría en su obra Campos de Castilla, cuyo contenido lo acercan a las inquietudes patrióticas de la Generación del 98 de la que será su máximo representante, a pesar de que el encuentro se produjera de forma tardía.

Durante toda su estancia el España, Machado combinará sus labores docentes como profesor de francés en diferentes instituciones, con las de poeta. Al estallar la Guerra Civil, Machado se encuentra viviendo en la localidad catalana de Rocafort, desde donde escribirá artículos para el periódico La Vanguardia que por entonces abrazaba ideas afines a la República. Y estas ideas son las que en cierto modo obligarán al autor a abandonar el país. Tras la ocupación de Barcelona abandona la ciudad vía Gerona y desde allí cruzará la frontera hasta la localidad francesa de Collioure, donde fallece apenas unas semanas después de haberse establecido en el Hotel Bougnol-Quintana. En el bolsillo de su abrigo encontraron un pedazo de papel con el comienzo de su último poema: “Estos días azules y este sol de la infancia”.

A UN OLMO SECO

Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.

¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.

No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.

Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.

Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas en alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.

 

 

 

 

 

 

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