Antonia Pozzi, la búsqueda de una fe sólida

Antonia Pozzi“Ojos no míos que la niebla invade”

Fue una mujer de extremos, capaz de empatizar con el júbilo y con el sufrimiento de los demás, pero con dificultades para encontrar un estado de ánimo propio en el que mantenerse estable. Esta sensibilidad extrema de la poetisa italiana la llevó al suicidio en 3 de diciembre de 1938.

De poco sirvió el entorno burgués en el que creció Antonia Pozzi, disfrutando de los placeres de una vida acomodada y de una educación sobresaliente que le permitió viajar y conocer el mundo. Y es que una gran parte de su mundo se había quedado encerrada en 1927 en el Liceo Manzoni de Milán, cuando a la edad de quince años y cursando el primer grado de Bachillerato, conoce a Antonio María Cervi, un profesor de latín y griego con el que comparte un amor imposible.

A pesar de que la familia se negó a reconocer esa relación entre profesor y alumna, la mayoría de los biógrafos -y especialmente Alessandra Cenni, en una obra titulada In riva alla vita. Storia di Antonia Pozzi- coinciden en que la joven mantuvo una relación real con Cervi pero que el padre de ella intervino para separarlos definitivamente, a pesar de que el profesor llegara a plantearle incluso la posibilidad de casarse con Antonia.

La joven escritora se ve forzada a abandonar sus ensoñaciones y vuelca todos esos sentimientos en otra pasión: la Literatura. En 1930 inicia sus estudios de Filosofía y Letras en la Universidad Estatal de Milán y expande su círculo de amistades entrando en contacto con algunos de los intelectuales de la época, que le harán interesarse también por otras artes como la fotografía. Todo aquel ambiente nuevo para Pozzi, muy motivada por las ‘modernas’ clases del profesor Vincenzo Errante, permitieron a la joven adentrarse en el mundo de la poesía desde una perspectiva refrescante para la época.

Pero sus primeras creaciones no estaban en consonancia con el ambiente burgués y la estricta moral religiosa de la familia Pozzi, por lo que en más de una ocasión Antonia sufrió la censura de su propio padre. Éste, cansado tal vez de las ensoñaciones de su hija y de que no hubiera olvidado aún a Cervi, aprovechó la primera oportunidad que tuvo para mandarla a Inglaterra a aprender inglés. Aquel primer viaje fuera de Italia se convertiría en el inicio de un pequeño periplo por Europa.

Pero las ansias de conocimiento de Pozzi tuvieron sus efectos secundarios. La joven, demasiado permeable a la realidad, vivió momentos de gran felicidad durante aquellos viajes, pero también conoció la miserias y el sufrimiento de otros en una época ya de por sí convulsa para el continente, que se adentraba en el camino de una inminente crisis existencial. Antonia Pozzi necesitaba creer en algo, construir una fe propia que le devolviera la confianza en el ser humano, en el arte y en sí misma. A pesar de aquella apariencia de normalidad, la poetisa se sentía atormentada e infeliz en un mundo carente de sentido para el que únicamente tuvo dos palabras de despedida: “disperazione mortale”.

Ésa fue la nota que dejó escrita a su familia cuando el 3 de diciembre de 1938, a los 26 años de edad, decide quitarse la vida con una sobredosis de barbitúricos, a pesar de que la versión oficial de la familia Pozzi es que Antonia había fallecido debido a las complicaciones de una neumonía.

Los Diarios de Antonia Pozzi fueron publicados en 1988. Junto con sus Cartas, publicadas un año más tarde, son el testimonio directo de la angustia vital de la escritora y de su irreversible camino hacia el suicidio.

 

 

 

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