Anne Frank, la mirada adulta

Anne Frank«Nunca creeré que los poderosos, los políticos y los capitalistas sean los únicos responsables de la guerra. No, el hombre común y corriente, también se alegra de hacerla. Si así no fuera, hace tiempo que los pueblos se habrían rebelado. » Diario de Anne Frank

El día que Anne Frank cumplía 13 años, su padre le regaló un pequeño diario de tapas rojas que la joven empezó a escribir ese mismo día. En aquellas páginas dejaría constancia de una vida en la que las atrocidades de la guerra tienen la mirada sabia y sosegada de una niña transformándose en adulta.

«Quiero que algo de mí perdure después de la muerte», anotó Anne Frank en una de las páginas de su diario. Y sin duda, consiguió su propósito. Nació en Alemania en el seno de una familia que durante la I Guerra Mundial había defendido el patriotismo alemán, Sin embargo, unos años después del conflicto y ante el inicio de la persecución de los judíos, se vio obligada a emigrar con toda su familia a Ámsterdam.

La infancia de Anne estuvo marcada por estos hechos políticos que sin embargo no hicieron que la niña, en plena transformación hacia la adolescencia, modificara su visión amable y esperanzadora acerca de un mundo que comenzaba a desmoronarse.

Cuando su padre le regaló el famoso diario –en realidad, un cuaderno de firmas al que Anne estaba decidida a darle otro uso- empezó a relatar las circunstancias en las que se desarrollaba su vida cotidiana, ya con la idea de convertirse en una escritora de su tiempo y de trascender a los años para dejarle a la Humanidad un legado de lo que había supuesto su existencia. Las primeras páginas dan cuenta de lo que hace un día normal, de sus amistades, su familia, el sitio en el que vive. Pero posteriormente, cuando se ve obligada a refugiarse en otra casa, de espaldas al mundo, Anne Frank se volverá una niña de mirada profunda e introspectiva, en un período de la historia en el que mantener viva la esperanza era la única manera de seguir respirando.

Un cuarto camuflado en las dependencias de la empresa en Prinsengracht habría de servir como escondite para la familia de Anne y para la de los empleados de mayor confianza de su padre, Otto Heinrich Frank. Allí, durante más de dos años, rellenaría las páginas de su diario con una prosa decidida a convertirse en parte de la Literatura, cada vez más pulcra, más cuidad y, sobre todo, más íntima.

La última anotación de Anne en aquel diario está registrada el 1 de agosto de 1944. Tres días después, la Grüne Polizei irrumpía en el edificio y los inquilinos eran trasladados a otras dependencias para llevar a cabo los interrogatorios que serían el paso previo a su envío a diversos campos de concentración. Las páginas del diario de Anne Frank quedaron esparcidas por el suelo de la estancia en la que se ocultaba, junto a numerosas fotografía y otros documentos de la familia que fueron entregados a Miep Gies, otro de los empleados de Otto que se refugiaba en el edificio y que consiguió ser puesto en libertad. No corrieron igual suerte los miembros de la familia de Anne, que fueron deportados a los campos de concentración de Westerbork, luego Auschwitz, donde fueron separados hombres y mujeres. Finalmente, ellas serían trasladadas a Bergen-Belsen, donde una epidemia de fiebre tifoidea en marzo de 1945 acabaría con la vida de muchas prisioneras, entre ellas, Anne. Unas semanas después de aquellos trágicos acontecimientos, las tropas británicas liberaban el campo de concentración, encontrándose con un panorama desolador.

Otto, el cabeza de familia, consiguió sobrevivir a aquellos duros meses como prisionero y regresar a Ámsterdam. Allí perdió toda esperanza de encontrar con vida a su mujer y esposa. Sin embargo, sí había una grata sorpresa para él. Miep Gies había conservado los escritos de Anne con la esperanza de entregárselos una vez concluida la guerra y, ante la triste noticia del fallecimiento de Anne, decidió dárselos a su padre. Otto se quedó sorprendido por el magnífico legado que había dejado su hija y por las ideas tan profundas que reflejaban aquellas páginas que Anne había ido completando con anotaciones y otras páginas adicionales. De manera que Otto decide repasar el diario de su hija y eliminar las entradas más comprometidas en las que Anne criticaba la relación con su madre o en las que hacía referencia a su floreciente sexualidad, y a través de una historiadora intentó que las páginas del diario vieran la luz. Sin embargo, estos primeros intentos fueron fallidos. Sería gracias al artículo escrito por Jan Romein –esposo de la historiadora Anne Romein- que el diario empezaría a despertar la curiosidad de los editores. Finalmente, el libro vio la luz en 1947 con el título La casa de atrás, que años más tarde se publicaría en España como Las habitaciones de atrás.

 

 

 

 

 

 

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