‘Anna Karenina’

Anna KareninaSolo hay algo más triste que no encontrar el amor: el miedo a perderlo.

No he leído la novela de Tólstoi, por lo que no sé si la película de Joe Wright –Expiación, Orgullo y prejuicio– puede considerarse o no una buena adaptación. Puedo decir, sin embargo, que no es una ‘mala’ película, ni insulsa, si aburrida, como he leído en muchas críticas. Para adaptar una novela de dos mil páginas, por muy compleja, profunda y extensa que sea, no hace falta hacer una trilogía que nos deje hartos de Anna Karenina.

Es probable que la película no consiga profundizar tanto en el complejo mundo interior de cada uno de sus personajes, pero no por ello es un producto tan ‘superficial’ como dice la crítica y los que presumen de haber leído el clásico y estar muy descontentos con el resultado de Wright.

Para empezar, se trata de una propuesta original desde el punto de vista técnico: los personajes se encuentran dentro de un gran escenario teatral que se nos presenta como tal, con su patio de butacas, su atrezzo, sus bambalinas… Parece que la vida en la Rusia de Nicolás I es precisamente eso, una representación de aristócratas que viven en un mundo de apariencias. Un mundo al que Anna Karenina -Keira Knightley, Un método peligroso-decide enfrentarse cuando abandona a su esposo y a su hijo para comenzar una nueva vida con el oficial Vronski -Aaron Johnson, Chatroom-, al que considera su amor verdadero.

Pero ser un personaje dentro de este gran teatro implica aceptar las reglas impuestas por su director, una presencia mística que controla la falsa moral de todos los integrantes de la obra y que les impide ser del todo libres. Solo Anna es capaz de arriesgar su honor por vivir la vida que desea, pero pronto los celos, el temor de perder a Vronski, el cansancio de éste ante una amante que nunca podrá convertirse en su esposa -pues el marido de Anna no está dispuesto a concederle el divorcio, para que cargue con su deshonra- hacen que el amor acabe transformado en una tragedia. El propio Vronski ya lo vaticina así al comienzo de su relación con la protagonista: dos personas que se aman tanto están condenadas a la mayor felicidad o a la más absoluta desgracia.

El argumento, que gira siempre en torno a esa concepción de la felicidad, la pureza y la bondad del espíritu, está orquestado como un gran baile. Todo en la película de Wright parece una gran coreografía articulada mediante planos secuencia, a veces vertiginosos y en ocasiones ingrávidos como los sueños, que conducen rítmicamente hacia un desenlace final revelador.

 

 

Celina Ranz Santana

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