Ana María Matute, la niña asombrada

ana maría matute“No debemos olvidar que lo que el espejo nos ofrece no es otra cosa que la imagen más fiel y al mismo tiempo más extraña de nuestra propia realidad”.

Su secreto para no poner fin a su actividad en el mundo de las letras ha sido mantener una dieta equilibrada entre la imaginación y lo real. Y es que para Ana María Matute un mundo en el que no existiera la posibilidad de inventar otros mundos sería, sencillamente, un mundo inhabitable.

La fecha y el lugar de nacimiento no son aspectos circunstanciales de la vida. En ocasiones las cifras y las localizaciones suponen todo un condicionante de nuestra realidad. A Ana María Matute, por haber nacido en la Barcelona de 1926 le tocó formar parte de la conocida como “Generación de los niños asombrados”, en esa atmósfera triste y asfixiante de los primeros años de la posguerra española. Pero a una edad muy temprana descubrió que existía una fórmula mágica para escapar de todo aquello: a través de la imaginación, Ana María se dedicó a crear mundos para aquellos que ni siquiera podían encontrar su lugar en el que ya tenían.

Con tan solo 17 años escribe su primera novela, Pequeño teatro y firmó su primer contrato con la editorial Destino, si bien la obra no se publicó hasta muchos años después. Por entonces su talento literario aún estaba despuntando, debatiéndose entre varias corrientes de la época que la llevarían de lo surrealista a lo más real, pero siempre a través de ese prisma tan particular de una mirada infantil y sincera en continuo contraste con la hipocresía del entorno. Inevitablemente, la Guerra habría de marcar su personalidad y su estilo literario, algo que es más evidente en las primeras novelas de la autora.

Ana María Matute no es una de esas escritoras que se van haciendo con el tiempo. En la dicotomía de si el escritor “nace o se hace”, la barcelonesa sería un claro ejemplo de que hay personas que nacen con una sensibilidad especial y con la capacidad de transmitir esos sentimientos y emociones como quien respira. Así pues, su carrera literaria no ha sido tanto una cuestión de ir puliendo el estilo como de experimentar con todos los registros y herramientas que siempre estuvieron en sus manos y, sobre todo, en su imaginación.

Su mirada de niña se ha univeralizado y a trascendido de generación en generación. Cuando en 1954 nace su hijo Juan Pablo, la autora le dedica muchas de sus obras infantiles. Quizás fue la cercanía de un niño la que condujo su producción literaria hacia nuevos campos. Sin embargo, también fue éste el preámbulo de un silencio profesional provocado por la separación de su por entonces esposo, el escritor Ramón Eugenio de Goicoechea, que obtuvo la tutela de Juan Pablo, por lo que las leyes de la época impidieron que Ana María pudiera ver al pequeño.

Tras varios años fuera de los círculos literarios, Ana María Matute regresa a su actividad vital. Primero, es nominada al Premio Nobel de Literatura en 1976 y años más tarde, en 1984, recibe el Premio Nacional de Literatura Infantil. En la década de los 90 se gana un puesto en la Real Academia de la Lengua tras la publicación de una de sus obras más célebres en los últimos tiempos: Olvidad Rey Gurú.

Actualmente, Ana María Matute participa en conferencias y coloquios de todo el mundo y ocupa el asiento K de la Real Academia de la Lengua, siendo la tercera mujer aceptada en esta institución en los últimos 300 años.

 

 

 

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