Amor y lealtad en una ciudad sin ley

The Town.Ciudad de ladronesCelina Ranz Santana

The Town. Ciudad de ladrones, es una de esas películas repletas de arquetipos en la que, si bien es cierto que no se inventa nada nuevo -malos malísimos, malos que no son tan malos y buenos que desearían ser un poco más malos- lo cierto es que todo encaja a la perfección, dejando que la historia fluya sin respiro hacia un final que, como los propios personajes, apenas roza la felicidad.

Ben Affleck vuelve a ponerse detrás de las cámaras para dirigir su segunda película después del exitoso thriller Adiós pequeña, adiós. Sólo que si entonces tuvo el acierto de ceder a su hermano Casey Affleck el papel protagonista, en ésta ocasión decide llevar también toda la carga dramática de la historia que quiere contar, corroborando que probablemente puede llegar a convertirse en mejor director que actor.

La historia transcurre en el barrio de Charlestown, en Boston, un claro ejemplo de que en norteamerica también existen barriadas de clase obrera blanca, escaso nivel cultural, alto índice de criminalidad y trapiches varios. La zona es famosa porque se ha convertido en uno de esos reductos marginales en los que, tal como Affleck pretende reflejar, vive lo peor de cada casa. El director lanza una pregunta acerca de si la esencia del ser humano es buena o mala por naturaleza e indaga en si existen o no posibilidades de cambio cuando todo se pone en contra.

El Ben Affleck actor-protagonista se llama Doug MacRay y es uno de esos atracadores de banco con ramalazos de bondad y voluntad suficiente para superar su adicción a las drogas en una panda de ladrones yonkis y violentos que, con todo, resultan ser sus amigos. Por alguna extraña razón, los directores de cine nos tienen acostumbrados a que, para hablar de lealtad, es necesario trasladarse a los ambientes más chungos y, en este sentido, Affleck director sigue la pauta al pie de la letra.

Por eso cuando empieza a tontear con la directora de uno de los bancos atracados por su banda, las piezas de la historia se colocan sobre el tablero tal como el espectador ya espera que vaya a suceder.

Por un lado, los amigos de Doug, investigados de cerca por el FBI. Por otro, Doug y la directora de banco, sumidos en una historia de amor en la que el ladrón, a pesar de haberle abierto el corazón, no puede revelar su verdadera identidad. Por último, los agentes del FBI cumpliendo con el cliché de “buenos que caen mal”.

Pocas cosas originales podrían extraerse de esta receta un tanto manida en la que Ben Affleck no aporta nada revelador al género pero tampoco permite que los espectadores se levanten de la butaca porque, eso sí, se han abierto tantas expectativas en torno a la historia que se crea la necesidad de conocer el desenlace.

Así pues, presionado por su entorno y por la situación en la que se encuentra, a Doug no le queda otra que participar en el último gran golpe antes de abandonar para siempre Charlestown, decidido a empezar una vida nueva junto a la directora de banco. Es aquí donde se abre fuego por todos los frentes y la película se precipita hacia el desenlace final. La lealtad del protagonista hacia la banda se revela entonces más como una deuda adquirida con el grupo que como un verdadero sentimiento de amistad pero, pese a todo, permanece a su lado. Por otro lado, la moralidad se convierte en algo turbio después de conocer algunos secretos del pasado de Doug que ni él mismo conocía y al deseo de escapar se le une el ansia de venganza. Y finalmente, está la duda de si una persona como Doug es merecedora o no de una segunda oportunidad.

En definitiva, una película entretenida si no se le exige mucho más a un guión en el que finalmente el ritmo y la acción salvan otro tipo de carencias en el propio contenido de la historia.

 

 

Celina Ranz Santana

 

 

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