Alfonsina Storni, la lucha cotidiana

Alfonsina Storni“Si él llama nuevamente le dices que no insista, que he salido” – Voy a dormir

Perseguida por sus propios fantasmas y por el dolor físico y emocional de su enfermedad, Alfonsina Storni se entregó al mar la madrugada del 25 de octubre de 1938. Sus últimos versos son, tal vez, la clave indescifrable de aquel suicidio.

Su nacimiento en Sala Capriasca -Suiza- en 1891 fue un hecho casual puesto que sus padres, emigrantes argentinos, habían decidido asentarse en ese país buscando la prosperidad económica que no habían obtenido en la cervecería que regentaban en la ciudad de San Juan, en su país natal. Pero cuando Alfosina tenía apenas cinco años, la familia regresa a Argentina, primero en San Juan y posteriormente en Rosario, donde la madre de Alfonsina montaría una cafetería en la que la escritora, durante su adolescencia, trabajó de camarera. Pero no era un trabajo del agrado de la escritora, que no tardaría en enrolarse en una compañía de teatro -pasando primero por operaria en una fábrica de gorras- con la que, durante una temporada, recorrería el país.

Posteriormente, Alfonsina se dedicaría a la docencia, después de haberse formado en la Escuela Normal Mixta de Maestros Rurales de Coronda. Al iniciar esta nueva etapa como maestra rural en Rosario, se siente atraída especialmente por las nuevas corrientes literarias que aterrizaban en el país y empieza a escribir prosa feminista en defensa de la igualdad de género. El Modernismo hará que paulatinamente sus textos se decanten hacia la poesía con ciertos tintes eróticos para finalmente consolidarse en una sensualidad reflexiva y con tintes vanguardistas que, sobre todo durante la última etapa de su vida, gira en torno a la canalización del dolor y el miedo.

Alfonsina abandona Rosario embarazada de un hombre veinticuatro años mayor que ella que se desentiende por completo del asunto. La escritora se traslada a Buenos Aires, donde empezará una nueva etapa como madre soltera, una situación personal que teñirá sus escritos de rabia contra los prejuicios morales y la hipocresía de la sociedad. Antes de que sus escritos obtuvieran algún reconocimiento en la época, Alfonsina Storni trabajó como cajera en una tienda y en una farmacia, así como en una empresa importadora de aceite de oliva, pero poco a poco establece amistad con los intelectuales de la época y pasa de recitar sus poemas en bibliotecas públicas de la ciudad a escribir en la revista La Nota y más tarde en el periódico La Nación. Alfonsina trabajará intensamente para diferentes publicaciones y compaginará su trabajo como escritora con su labor docente en varios centros del país.

Pero el agotamiento físico y emocional acabarán pasándole factura y al final de la década de los veinte, a pesar de ser una escritora consolidada, empiezan a ser frecuentes sus crisis nerviosas, paranoias y manías persecutorias. Realiza dos viajes a Europa -en uno de ellos retorna a su ciudad natal- y se relaciona con importantes figuras del ámbito de la cultura, con quienes se le atribuyen algunas relaciones esporádicas. La una situación que se agrava tras las críticas negativas de la última etapa en la que los sectores más conservadores despedazan su obra y la acusan de “denigrar al hombre”. Pero sin duda el episodio que trastocaría la vida de Alfonsina Storni se produciría durante un baño en el mar, cuando una ola le golpeó fuertemente el pecho y perdió el conocimiento. Sus amigos la trasladaron a la orilla y por primera vez la escritora se descubría un bulto en el pecho. El 20 de mayo de 1935 fue operada de un cáncer de mama y contó con el apoyo de sus amigos para recuperarse de una operación que le había dejado graves secuelas emocionales y físicas. Además, a pesar de que el pronóstico inicial era favorable, se descubrió que el tumor tenía ramificaciones y Alfonsina, incapaz de aceptar sus limitaciones físicas debido a la enfermedad, decidió distanciarse del mundo. Un estudio quirológico al que se había sometido años antes del suceso pudo ser el agravante de esta actitud: al parecer, los resultados del estudio determinaban un debilitamiento de la salud de la escritora entre los 40 y los 45 años. A pesar de que el estudio no fue certero, Alfonsina había quedado muy impresionada tras conocer los resultados, y su carácter cambió radicalmente.

A mediados de octubre de 1938 comienza la batalla final contra la idea del suicidio. El 18 de octubre se despide de su hijo Alejandro en una estación de tren y viaja sola a Mar de la Plata. Durante cuatro días escribe incesantemente, varios poemas y dos cartas dirigidas a su hijo en las que evidencia su lucha contra la paranoia y el suicidio. El dolor en un brazo le impide continuar escribiendo y le pide a una asistenta que escriba por ella. Su despedida son tres cartas a su hijo Alejandro y un poema enviado al periódico La Nación: “Voy a dormir”.

La madrugada del 25 de octubre abandona la habitación del hotel y se dirige a la playa de La Perla. Dos obreros encontraron su cadáver al día siguiente. Hay quienes dicen que Alfonsina entró lentamente en el mar y se entregó a las olas. Otros que se arrojó desde la escollera del Club Argentino de Mujeres, donde se encontró uno de sus zapatos. En cualquier caso, Alfonsina había firmado su rendición después de una larga lucha.

 

 

 

 

 

 

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