Adiós en una gasolinera

GasolineraCorsario Azul

–  ¡Qué pasa, abuelo! Andamos jodidos, ¿eh?

Ángel se sentó al lado del hombre que acababa de salir del WC. Estaba con la cabeza gacha, los codos en las rodillas y repasándose el pelo con la dos manos para esconder el llanto que le fluía con lágrimas de agua mansa sin compulsiones ni aspavientos. Era  tristeza pura y simple,  sangre licuada de un alma maltratada  por el infortunio.

Ángel había contemplado la escena desde el surtidor.

Antes de entrar en el WC, el viejo se volvió para colgar sus ojos en la mirada turbia de su hijo que, aferrado al volante,  vigilaba inquieto desde la ventanilla del  coche parado y sin repostar. Sólo esperaba que el abuelo entrase en el recinto, donde todo huele a amoniaco e inmundicia, para arrancar sin ni siquiera haber apagado el motor. El anciano aún tuvo tiempo de despedirse con un adiós en la mano y, con la misma, lanzarle un beso de padre. Luego, le dio la espalda, entró, escuchó la arrancada furiosa y lloró.

–  Amigo. Es usted el tercero en esta semana.

Le había puesto el brazo sobre el hombro.

Gracias. Pero ahora no tengo ganas de hablar. Necesito estar solo. He de  repasar mi vida o, al menos, una parte muy importante de ella.

– Bien –repuso Ángel-, pues cuando usted termine, me avisa y nos iremos juntos.

– Gracias, pero… ya veremos…

Casi treinta años antes, aquel hermoso bebote acabado de nacer era el milagro de tener en  brazos un pedazo de vida propia, tan propia que se la daría toda a cambio de nada. Sentimientos tan recién nacidos como el pequeño ser que gesticula y bracea en el aire en busca del conocimiento, de saberlo todo, todo cuanto acaba de aparecer en un mundo que pronto será suyo. Arrullarlo en mis brazos, acariciarlo, besarle la cara de muñeco, percibir el aroma de la piel suave y limpia, eran  privilegios de padre que elevaban mi categoría de hombre a un estado sublime. La felicidad de amar y esperar amor de una mueca en la que se intuye una sonrisa.

Iba creciendo, y con él, el amor y admiración de padre por aquel hijo fuerte y sano, divertido e inteligente. Todo a favor de un desarrollo satisfactorio. Pero algo se torció y perturbó sus tránsitos hacia la maduración.

Devino en un joven que caminaba por la vida mirando al suelo, como síntoma de una autoestima deteriorada sin motivo aparente, puesto que sus facultades y calidad  humana seguían intactas.

En aquella época crítica cesó mi influencia como padre por una ruptura en la que se me expolió de todo, incluida la custodia sobre un adolescente en riesgo de fracaso reiterado y propenso a meterse en los charcos de agua sucia. A pesar de mis limitaciones intenté rescatarlo y, recién estrenada su mayoría de edad, le propuse que eligiera libremente vivir conmigo, sin que ello me liberase de seguir pagando lo sentenciado por la jueza. Le ofrecí un régimen familiar saneado en el que principios como la dignidad y la lealtad tendrían cabida como entidades preferentes. Amén de haberle reservado matrícula en un centro escolar escogido y dotado de un núcleo deportivo de alto rendimiento. Tras la meditación pertinente, rechazó mi ofrecimiento “… lo siento, Papi… pero es que aquí están  mis amigos y aquí tengo organizada mi vida…”. Por desgracia, para él y para mí, a sus intereses primarios acompañaban otros menos confesables, para terminar integrado en la deleznable trama urdida para esta destrucción hoy culminada.

Se fraguó su propio fracaso bajo la sentencia de una guarda y custodia cuya prioridad no fue protegerlo, sino abocarlo a una situación crítica de frustración personal que terminaría siendo utilizada para hacerle morder la mano de un padre anciano, esquilmado, enfermo y discapacitado. Pero todavía vivo. No se ha atrevido a darme la dentellada y ha preferido hacerme lo que al perro; ése del que él nunca lo haría. Quizá así  le haya dolido menos…

– ¿Qué tal vamos, abuelo?, ¿Le parece que ya se ha terminado todo?. Venga, ahora lo acompaño a un lugar de acogida donde desaparecerán todos sus disgustos y sólo encontrará paz y felicidad.

– Mire, amigo. He estado pensando con todas mis fuerzas y agradezco su ofrecimiento, pero he decidido no ir con usted. Es que cuando mi pobre hijo valore la atrocidad que ha cometido conmigo, no quiero que se encuentre solo. Debo estar a su lado para abrazarlo fuerte y transmitirle los valores morales que yo recibí de mi Padre. Nos miraremos de hombre a hombre. Miraré a los ojos del  gran personaje que pudo haber sido, si la crueldad ajena no hubiera intervenido con tanto ensañamiento donde el desamor sólo había dejado espacio libre y deseos de olvido.

– ¿Sabe que terminará por morderle la mano?

– No creo. Al final, todo el mundo se encuentra con sus méritos y deméritos, y mi pobre hijo no merece tener que hacerle eso a su padre.

 

 

Corsario Azul

 

 

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