A Spielberg lo conocíamos todos

Steven SpielbergAlberto García

Llevando escritos unos cuantos artículos sobre cine en este periódico empiezo a darme cuenta de que, a punto de cumplir la última edad de Cristo, me estoy convirtiendo en un nostálgico, cosa que detesto sobremanera. Me gustaría estar más en la línea budista de vivir plenamente el presente, pero mi mochila está cargada y no sé si quiero quitármela o es que simplemente no puedo.

Hago un repaso mental de las películas que he visto últimamente y la verdad es que no me apetece hablar de ninguna de ellas. No me apetece hablar de la irregular aunque digna a mi juicio En tierra hostil, de una directora que goza de un excelente momento profesional y según he podido ver en alguna fotografía, también de un estupendo estado físico, pero obviemos este detalle ya que de lo que se trata aquí es de hablar de cine y no de testosterona. Tampoco me apetece escribir sobre El secreto de sus ojos, aunque crea que se trata de la mejor película de Campanella por el perfecto pulso con el que filma y co-escribe una historia ecléctica en géneros, perfectamente interpretada y con un dulce aroma clásico sin imposturas.

La última película que he visto es Munich, de Steven Spielberg, y tampoco me apetece hablar de ella quizás porque no me lleva a ningún otro terreno mental, no me conduce ni me sugiere enfrentarme a  ninguna otra dimensión psicológica o social fuera de la mera trama que propone, que es lo que debería conseguir una película, ser una excusa, un punto de partida, un empujón para, con fuerza de voluntad, animarse a entender un poco más nuestro universo partiendo de una trama que contenga un rayo de luz o un rayo de oscuridad, una señal de lo que nos está pasando o de lo que nos puede acontecer.

Sin embargo, ver una película de Spielberg me empuja irremediablemente al pasado, de ahí lo de que me estoy poniendo nostálgico y me gusto menos a mí mismo, cosa por otro lado nada sorprendente. Spielberg es uno de esos tipos con los que no me gusta meterme porque forma parte de mis mejores recuerdos y por tanto, de mi vida. Como ya sabrán, sin nuestra memoria no seríamos nosotros mismos. Seríamos humanos pero con otra identidad. Una cosa sumamente curiosa de estos recuerdos es que en mi época todos los niños (¿o sólo era yo?) sabíamos quién era Steven Spielberg. Probablemente no teníamos la menor idea de lo que significaba dirigir películas, no sabíamos muy bien cómo se concebían las películas, cómo se pre-producían, producían y post-producían. Nos bastaba con saber que una película de este director era prácticamente garantía de pasar uno de los mejores momentos de nuestras pequeñas vidas. Un momento alucinante. Me veo con claridad, siendo un mocoso, diciendo: ¡Van a estrenar la última de Spielberg! (más o menos con estas palabras). Y eso constituía en sí algo parecido a la suprema felicidad, puesto que el deseo de algo es siempre más fascinante que el cumplimiento del mismo.

Es posible que haya dos motivos por los cuales este director nos haya hecho tan felices a los niños de todas las generaciones (mi hijo mueve el ratón del ordenador antes de haber aprendido a leer y también quedó atrapado por la magia de E.T.): Uno, que este señor de rostro afable nunca ha dejado de ser un niño. Dos, que los americanos saben mucho de narrativa. Poseen una visión muy clara de cómo contar las historias. Al menos se trata de un modo diferente de hacerlo. En una época en la que todos estamos más cerca los unos de los otros, en el que las culturas se cruzan y asumimos tendencias y actitudes que hasta hace no mucho creíamos lejanas, me doy cuenta de que aún existen diferencias importantes a nivel de percepción del mundo que nos rodea. Así que podemos ponernos estupendos diciendo que el perfil cultural americano es un perfil cultural bajo y eso nos hace sentir más interesantes con nuestras gafas de pasta y nuestras chaquetas de pana. Pero sería mucho más productivo intelectualmente auscultar las grandes narraciones americanas para si no aprender, al menos percibir cuál es el modus operandi  de estos grandes narradores, que construyen las realidades ficcionadas de manera tan lograda.

Todo esto es altamente discutible, por supuesto, y yo no soy más que un mero observador de un universo limitado, y por supuesto no puedo olvidar que somos la cultura poseedora de Cervantes y de Shakespeare, de Chaucer, Albert Camus o Lope de Vega. Pero deberíamos tener más en cuenta como narradores a los que son los padres de La conjura de los necios, El guardián entre el centeno o… Indiana Jones.

Cuenta Groucho Marx en sus memorias que, ya mayor, caminando por la calle una vez una señora le paró y le dijo que ojalá no se muriera nunca. Cuenta Groucho Marx en esas memorias que aquello fue algo muy hermoso, muy importante para él.

Sería muy bueno que, con 3-D o sin éste el futuro cinematográfico siga siendo fértil en películas que a los niños les siga, como a nosotros, haciendo ilusión ver. Que los Spielberg nunca mueran.

 

 

Alberto García

 

 

 

 

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