A dieta

Supermercado

La tragedia comienza en el pasillo de las legumbres precocidas, entre las lentejas y los garbanzos. La banalidad de una decisión tan poco trascendente como la de elegir qué voy a comer mañana puede terminar transformada en una cuestión vital cuando de las legumbres salto mentalmente a los productos cárnicos, avanzo hacia las conservas, me detengo un rato entre los lácteos y termino embalsamada en la sección de congelados.

He vuelto a enfadarme porque no sé qué elegir, si lentejas o garbanzos. Porque no soy lo suficientemente previsora como para llevarme un bote de cada una, ni lo necesariamente valiente como para practicar el ayuno.

Creo que mi estado natural es esa misma insatisfacción de saberse hambriento y no ser capaz de elegir entre lo dulce o lo salado, entre los hidratos o las proteínas, entre existir o ser. Los supermercados están llenos de productos capaces de reducir mi apetito, pero todos me resultan igual de indigestos, como si sólo cumplieran la función de llenarme el estómago, sin alimentarme, sin dejar que mi aparato digestivo los procese, que mi cuerpo los metabolice y que mi sangre los absorba.

A veces me da por pensar que el mundo es como uno de estos hipermercados a los que acudimos tres veces por semana para ir tachando de la lista todo lo que tenemos pendiente: llamar a la abuela, ordenar el álbum de fotos, responder a aquella carta… Y entonces me entra la duda, una duda precocinada de esas que se calientan en un par de minutos y que siempre resultan bastante insípidas,  como de plástico requemado, porque su sabor no conduce a ninguna parte, ni siquiera a la nevera de las acelgas y las espinacas, en la que nunca hallaremos nada interesante.

Me pregunto si ser y estar no será lo mismo y si hay alguna diferencia entre el contenido de esa bolsa de guisantes y el de mi existencia. Si mi vida es más interesante que la de un boniato. Si algún día alguien me devorará con el mismo placer con el que se derrite el chocolate sobre la lengua. Si  me recordarán por algo que hice o que no hice. Si seré toda la vida un producto de oferta, o si tendré un lugar en la zona de delicatessen.

Y termino mi recorrido en el pasillo de los productos de limpieza, intentando eliminar las manchas de esta conciencia putrefacta que huele a amoníaco y a naftalina, que nunca llega a estar del todo sucia, pero que tampoco reluce como me gustaría porque, aunque la rellene de jamón y queso, se me queda incompleta, tuerta, manida.

Cuando paso por caja y miro el carro de la compra, rebosando tanto vacío, me descompone el olor de esta duda: ¿cuánto tiempo tardaré en morir de inanición?.

 

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Vagabundo Pérez

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