A ciegas

A la tercera, la vencida. Sin embargo la pauta no se cumple en la última novela adaptada al cine por Fernando Meireilles. Después del éxito de Ciudad de Dios y El jardinero fiel, la película A ciegas se queda muy por debajo de la tensión dramática de la obra original del escritor José Saramago.

No fallaron los actores, ni los escenarios, ni la idea original del argumento. El problema es que A ciegas es la adaptación cinematográfica de una novela que está por encima de lo audiovisual y que en sí misma se basta para llegar al público con tal rotundidad que cualquier intento por convertirla en imagen sería fallido. No quiere decir esto que sea una película mediocre. Meireilles ya ha demostrado una habilidad especial para traducir las palabras en movimiento. En esta ocasión las palabras, los puntos, las comas e incluso las tildes, pues sigue al pie de la letra –y nunca mejor dicho- la trama de Ensayo sobre la ceguera, una de las obras más célebres del escritor José Saramago. Es interesante en este sentido ver cómo la cartelera actual se ha inundado con numerosas películas que beben de la fuente primitiva de la cinematografía: la literatura. Y es ahí donde muchos cinéfilos se preguntan “¿qué fue primero, la gallina o el huevo?”, que en términos del séptimo arte se traduce en “¿primero leo el libro o veo la película?”. Muchas veces sucede que las adaptaciones son tan dispares que libro y película se constituyen como dos obras totalmente independientes, por lo que el tema no debe preocuparnos. No es éste el caso de A ciegas que, curiosamente y aunque defraude al que previamente ha leído la novela, concede al espectador que ya conoce la trama una especie de información privilegiada sin la cual la película pierde bastante. Sólo mediante ese ejercicio de reconciliación entre el efecto desconcertante de la novela y lo brutal de una ceguera paradójicamente tan visual, es posible compensar el ritmo en ocasiones demasiado lento de una obra que sobre el papel se devora en tiempo récord y en la gran pantalla se demora demasiado.

 

Celina Ranz Santana

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