’37’

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Experimento pseudo cinematográfico sobre el asesinato de Kitty Genovese

Las circunstancias que rodearon la violación y el brutal asesinato de la joven Kitti Genovese en Kew Gardens, Queens (Estados Unidos), en marzo de 1964 siguen siendo un misterio y un ejemplo de cómo el ser humano es capaz de desentenderse de su obligación de prestar auxilio a otro igual, especialmente cuando sabe que no es la única persona que puede hacer algo. Concretamente si son 37 personas las que presencian el crimen (o 38, como se diría en una versión posterior), tal como sucedió en este hecho que conmovió a la sociedad americana y que todavía se utiliza como materia de estudio en muchas clases de Universidad, aunque tal vez no haya servido de mucho.

El problema de ’37’ es que es una película aburrida

El tema de fondo es atractivo, porque a todos nos interesa saber qué es lo que empuja al ser humano a ser una especie tan despreciable. E incluso aunque la película 37 fuera una recreación totalmente ficticia de los Puk Grasten, basándose en un corto homónimo que filmó tres años antes sobre el mismo tema, me apetecía ver un punto de vista que no se ciñera a lo estrictamente documental.

Desde los primeros minutos de metraje se ve que la historia está contada con un toque mucho más experimental de lo que yo acostumbro a ver. Pero como tampoco es una película demasiado larga, decidí darle una oportunidad. Aún así, me dormí. Y es que hay una regla de oro. Mi baremo de aburrimiento es capaz de adaptarse matemáticamente a la duración total de la película sin necesidad de que yo haga nada.

37 es un mosaico de personajes, cada cual más raro, y eso ya estropea bastante el sentido final de la película. Parece que hace falta que el ser humano tenga algún tipo de disfunción para que sea malo cuando cada vez estoy más convencida de que somos malos por naturaleza. Si nadie se dignó a llamar a la policía la noche en que asesinaron a Kitty Genovese a pesar de que 37 personas se asomaron por sus ventanas y vieron al asesino violarla y apuñalarla brutalmente en la calle no fue porque estuvieran mal de la cabeza, ni tuvieran problemas familiares ni desequilibrios emocionales ni un millón de problemas. Fue porque todos pensaron lo mismo: “Que llame el vecino, que yo no me quiero comer el marrón”.

La película no me dijo nada, sinceramente. Es un batiburrillo de historias aburridas y vidas anodinas que pretenden crear angustia en el espectador pero que sólo generan aburrimiento y la falsa esperanza de que los niños son mejores que los padres. Pero, sinceramente, creo que sólo les falta tiempo para volverse igual de malos.

Celina Ranz Santana

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