La eñe

La eñePequeña reseña homenaje a nuestra Ñ española, santo y seña de señera identidad.

Maño de puro cuño, tinerfeño por añadidura. Pude nacer madrileño, extremeño o coruñés; castreño o montañés; albaceteño, malagueño… de Valdepeñas o Cariñena… Se cumplió mi empeño de ser español.

Adueñado de sentimientos y amo de mis sueños, añoro los años de niñez y las enseñanzas añadidas a entrañables recuerdos infantiles, las que antaño bruñeron mis carencias de retoño para domeñarlas con cariño. Regañinas amables y juegos de riñas con muñecos, sin uñas ni dientes, donde los puños no existían en manos abiertas para poder aplaudir y acuñar el amor patrio como dueño y señor de nobles valores sin amaño ni añagazas.

Encariñado con la ñ de España, desde niño quise saber el porqué de su extraño sombrerillo castoreño. Alguien me enseñó que se llamaba “virgulilla”; sustantivo, que no diminutivo que lo empequeñezca, sino reseñable señal ortográfica que tuvo su añejo origen en los amanuenses medievales que, a la media luz de pequeñas velas, diseñaban, más que escribían, sobre valiosos pergaminos donde el espacio y el tamaño eran oro en paño. El sonido eñe, en los añosos albores de nuestra lengua, se representaba con dos enes consecutivas, acompañándose aledañas entre sí. Para constreñir espacio y evitar daños materiales, los escribanos roñicas comenzaron por añadir con buena maña una n encima de otra. Pero como también se apiñaban demasiado, a la de arriba la fueron estirando para apañarla. Y así quedó arañada como ceja enfurruñada de ceño encogido, pero con el señorío y elegancia que los de fuera no tienen cuando nos señalan: Espagne, Espanha, Espanya… ¡Por favor…!

Carlos Castañosa

elrincondelbonzo.blogspot.com

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